No tan al sur Oscar Actis
Entró al amplio y rumoroso hall de la estación Constitución y como siempre le ocurría, ese afanoso caos provocó en su ánimo un temor reverencial. Empero, intuyó algún orden inasible. Las inoportunas conclusiones a que lo arrastraba la intelección de concierto en ese abigarrado tumulto de destinos, lo abrumaron. El todo indiferenciado tejiendo las formas. Pero la urgencia por la vuelta al hogar, la placentera evocación del jardín, su sillón preferido y la amorosa merienda que lo esperaba, eran invitaciones a desechar esas tribulaciones metafísicas en las que se perdía con demasiada frecuencia.
Además, el cuerpo, ajeno a los vagabundeos de su alma, lo reclamaba perentorio. Mucho había experimentado sus tiranías en la larga internación de la cual aún convalecía. Pero lo desalentó la fetidez. Lamentó su descuido. Debió ir al baño antes de salir de la biblioteca.
Compró el boleto hasta Adrogué, acomodó el libro bajo el brazo y se encaminó al andén todo lo presuroso que le permitían sus piernas, después de la malgastada energía contra la enfermedad y la inseguridad de sus ojos que le anticipaban la inminente ceguera. La gracia de una mujer que lo adelantaba fijó su atención en el ondular de esas caderas, alejándolo de sus cavilaciones. Tasador impenitente de figuras femeninas, las acariciaba in mente con la misma avidez de un avaro a su oro.
Subió al tren y se sentó junto a la ventanilla, del lado del sol, para recibir su caricia en ese fresco atardecer de otoño.
Abrió el libro y se perdió en la melodiosa placidez de los poemas. Ni siquiera se percató que el tren estaba en movimiento y atravesaba ese sur abandonado a su decadencia por la incuria de funcionarios ocupados en embellecer otros ámbitos a los que pertenecían. Desde el elevado era posible abarcar el panorama de techos oxidados y galpones sombríos, donde se atareaba una multitud de hombres y mujeres empujados por el despótico reclamo de un presente perpetuo. Pero él navegaba otra dimensión, sumergido en el sensualismo de los Rubaiyat de Omar Khayyam. Uno, entre todos, lo perseguía con insistencia desde la niñez. El poema número LXII decía:
Al sentir mi corazón deseos de una ciencia inspirada, me dijo:
Instrúyeme, si de ello eres capaz.
Yo le dije el Aleph. Mi corazón respondió:
Si el Uno está contigo, una letra es bastante.
¡Cuántos años rondando en su cabeza la arbitraria palabra sin poder desplegarse!
Al pasar Avellaneda alzó los ojos del libro y contempló el apacible paisaje. Entre las hojas amarillas de los paraísos vislumbró los baldíos donde chiquillos jubilosos corrían detrás de una pelota de trapo. Constató la ausencia de esos recuerdos. Pero el ineludible quehacer de componer un destino particular clausura la opción de infinitas vidas posibles. ¡Qué desperdicio! Se evocó como un niño solitario, pulcro y obediente, traduciendo cuentos de Oscar Wilde a los diez años; leyendo ensimismado la Enciclopedia Británica, cuyo colonialista redactor volcó al inglés, tal vez sin comprender, la poesía persa del siglo XIV. Sarcástico, se dijo que tanto orientalismo extemporáneo y de segunda mano era, por lo menos, pretencioso.
No obstante, reconoció que la creación destilaba su obra de burdos e incompletos materiales; como Rodin, que ve la figura de El Pensador en un bloque de piedra o el carpintero la silla que fabrica en la tosca madera. Ningún albañil puede emular a la abeja en la perfección de su celdilla. ¡Pero ninguna abeja podrá nunca representarse la que construye! La imaginación. Inquietante atributo del hombre, ubicado en un presente inasible, arrastrando un pasado inmemorial y proyectándose a un futuro azaroso.
Disfrutó el olor áspero y dulzón del humo de la máquina que entraba por la ventanilla. Al adentrarse el tren en el suburbio, espaciaban las casas y menudeaban las quintas, alternándose con retazos contumaces de pampa que proclamaban su remota vocación apenas el hombre descuidaba su labranza cotidiana. Se dejó llevar por la nostalgia de la vasta llanura y se prometió un pronto viaje a ese ámbito de plenitud y misterio, que lo atraía con resonancias de ancestrales afanes fundacionales.
Al salir de Temperley descubrió, alarmado, que no reconocía el paisaje. Había equivocado de tren y se dirigía, recto como una flecha, hacia el corazón del horizonte. ¡Carajo! Se dijo, contrariado. Al instante desaprobó el exabrupto y comparó con malévola ironía su censura y el taimado, entrometido sistema de los curas, prontos a castigar a los que pecan con el pensamiento. La cultura, cualquiera sea, es un minucioso conjunto de reglas incorporadas difíciles de transgredir.
El disgusto no le impidió descubrir el motivo de su equivocación. Pero nadie sabría nunca lo que desvió sus pasos. ¡Oh, las mujeres! ¡Qué intriga insondable para su timidez y la costumbre de ver en toda diferencia una fuente de perdurable arcano! La imagen de Beatriz, teñida de un leve erotismo, cruzó fugaz ante los ojos de su alma.
Bajó en la próxima estación. Turdera. El recuerdo de personajes legendarios que recorrieran esos andurriales desolados, algunos de los cuales poblaban sus imaginerías, no le trajo consuelo. Ningún conjuro lo aliviaría de recorrer a pie el espacio que lo separaba de su casa. Además, el reclamo apremiante de su vejiga. Subió fatigosamente las escaleras y vio, en diagonal, cruzando la calle y las vías, una fonda.
Aceleró el paso y entró intempestivo al oscuro antro, acallando palabras y gestos, como tal vez lo hiciera cierto héroe de una historia conocida por relatos homéricos, repetidos y acrecidos en el tiempo hasta transformarse en leyenda. Se acercó al mostrador y le susurró su urgencia al dueño, apretando las piernas, en un gesto pueril; éste le indicó, solidario, una puerta entornada que daba a un patio toldado por una parra preñada de uvas maduras. Al fondo el excusado. Con un hondo suspiro, que se transformó en gozoso lamento, celebró el musical y prolongado chorro. Su cara, dirigida la mirada a lo alto con la grave expresión de un éxtasis sagrado, parecía la de un santo en devota oración, indiferente a los olores hediondos que subían del pozo.
Satisfecho el cuerpo, volvió el alma a reclamar su trono. Regresó al salón y de nuevo enmudecieron las voces; las miradas tenían una benevolente socarronería, que en esos rostros desconocidos y rústicos podía interpretarse de manera torcida, sobre todo por una imaginación demasiado febril como la suya. No eran gringos. Los semblantes cetrinos revelaban un origen criollo, seguramente provinciano. Tal vez sus antepasados figuraron en las partidas que comandara su abuelo, el coronel, en esas patriadas bárbaras donde la parca consumaba su macabra cosecha, ejecutada a cuchillo y lanza. Lo incomodó estar en el centro de la atención de esos hombres.
Pero contrariaba las reglas de urbanidad y era un utilitarismo indecente salir con apenas un musitado agradecimiento. Además, ya perdido el materno refrigerio, concluyó por decidirlo a sentarse, de espalda a los tres parroquianos que retomaron sus conversaciones y risotadas, mientras seguían bebiendo. En el momento de hacerlo, en la penumbra del local, entrevió sobre la mesa contigua un envoltorio del que sobresalía un mango amenazador, como de un puñal. Tras un breve intercambio acordó el pedido con el dueño, que descolgó un jamón y cortó una generosa tajada con una cuchilla de tales dimensiones que, manejada por una mano decidida, debió contribuir muchas veces a desalentar trifulcas entre borrachos belicosos.
Pan, queso y jamón estuvieron pronto. El vino priorato le raspó la garganta, trayéndole reminiscencias de eructos alcohólicos. Lo desechó. En un rincón, sentado en el suelo, descubrió a un viejo cubierto por un poncho raído y sin color, posiblemente un pordiosero acogido a la compasión del pulpero, como nombraba en su mente al dueño del despacho. Tal vez un gaucho errabundo refugiado en el suburbio, no por querencia. Pensó en Martín Fierro, en el tiempo y en un posible destino impiadoso reservado al héroe.
Los otros parroquianos continuaban su libación, acompañada por palabras soeces y bromas groseras con intervalos de ominosos silencios y murmullos, que remataban en nuevas risotadas. Intuyó, más que oír, un bisbiseo:
-Yo lo conozco, una vez estuve en su casa. Es escritor.
-¿Cómo se llama? -susurró otra voz.
-José Luis, creo. Pero tiene un sobrenombre raro, como de mujer.
Ser reconocido no desarmó su incomodidad, ya convertida en alarma.
Uno de los hombres le tiró a su compañero una bolita amasada con miga de pan que acarreó más algarabía; el otro respondió arrojando un bollito, con tan desacertada puntería que fue a golpear en la cabeza del que ocupaba la otra mesa. Un silencio opresivo se instaló en el fondín, apenas quebrado por murmullos risueños. Tras el mostrador, el dueño miraba con reprobación el comportamiento de sus clientes.
No se dio por aludido, lo llamó y pagó su consumición. Luego se encaminó a la puerta con aire digno, a paso lento y salió sin saludar. Pensó, sobresaltado, con definitivo pavor, que su parsimonia imitaba el provocador comportamiento de los guapos previo al desenlace aciago.
A la luz del crepúsculo el agua del zanjón brillaba en la negrura; un tren lejano matizaba el silencio de la tarde. Los yuyos y las flores tardías aromaban el aire quieto.
Cuando llegó al centro de la callecita de tierra, una voz que percibió altanera lo paró en seco
-¡Oiga…!
Un fatalismo impropio le invadió el entendimiento, enrarecido por su desbordado magín. Todo hombre tiene un destino inapelable que lo espera.
-¡Y encima, desarmado! -Pensó, sin reparar en la incongruencia. Nunca había portado algo más ofensivo que un cortaplumas para afilar los lápices.
Se dio vuelta para enfrentar el reclamo siniestro y vio a un hombre corpulento que se acercaba amenazador. Su mano izquierda sostenía un envoltorio con herramientas, del que sobresalía el mango de una cuchara de albañil.
-Se olvida esto. -Dijo. Y trazando con el brazo derecho un ademán ofensivo y torpe, como una puñalada, le alcanzó el libro.
Oscar Actis Caporale es Licenciado en Historia. Vive en Llavallol y se desempeña como docente de Historia Social y Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, en el CBC de la UBA. En 2005 ha publicado una novela titulada "Material de fuga". Colabora con diversas revistas de la zona.
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