Publicado el 11-12-2006 / Edición Nº 3 / Año II

 


Estesiología de las masas. Lectura de una reacción en cadena: Le Bon-Ramos Mejía-Ingenieros
por Batalla, Martín
Facultad de Humanidades y Artes - Universidad Nacional de Rosario
Batalla, Martín (11-12-2006). Estesiología de las masas. Lectura de una reacción en cadena: Le Bon-Ramos Mejía-Ingenieros.
HologramŠtica Literaria - Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Lomas de Zamora
Año II, Número 3, pp.145-186
ISSN 1668-5024
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RESUMEN:

El presente trabajo propone ordenar una lectura que buscará tocar al menos parcialmente la obra de tres intelectuales ‚ÄďGustave Le Bon, José María Ramos Mejía y José Ingenieros‚Äď, en algunas de cuyas propuestas observamos una reiteración temática que, retomada y a veces amplificada por cada nuevo interlocutor, persiste todavía en las formulaciones de destino con gran insistencia y protagonismo conceptual: nos referimos puntualmente a una cierta propensión nerviosa, característica poco menos que innata de la constitución ‚Äúorgánica‚ÄĚ de las multitudes, y a los gustos de digestión gruesa peculiares también de los hombres agrupados en masa. En las intervenciones de estos tres intelectuales interesa localizar y seguir las resonancias que, originadas en el impulso propulsor de quien inicia la serie (Le Bon), y aunque amortiguadas varias veces en su intensidad, todavía muestran en el encargado de clausurarla (Ingenieros), la manera como comparten puntos de contacto con sus registros iniciales, haciendo oír tópicos, observaciones y categorías analíticas que remiten lexicalmente a ese complejo universo de sentidos. Así, y de acuerdo a las implicancias de esta dirección exploratoria, a la psicología de las masas y al examen sociológico de las multitudes, importaría entonces sustancialmente sumar una estesiología ‚Äďque pensamos como una ‚Äúdisciplina‚ÄĚ de límites (alcances y proyecciones) vagos e imprecisos, situada entre la psiquiatría, la psicología, la sociología nacientes‚Äď, emergente de las propuestas suscriptas por los autores que haremos objeto de nuestro examen.

PALABRAS CLAVE: Masas ‚Äď multitudes ‚Äď psicolog√≠a ‚Äď psiquiatr√≠a ‚Äď hipnotismo
ABSTRACT:
In order to organize a study of the works of three intellectuals, Gustave Le Bon, José María Ramos Mejía and José Ingenieros, it would be appropriate not only to make reference to the masses psychology and crowd sociological analysis but also to include an "estesiología" -understood as a discipline with vague and imprecise reaches and scope, placed among the emerging psychiatry, psychology and sociology.

KEYWORDS: Masses - crowd - psychology - psychiatry - hypnotism

Estesiología de las masas.

Lectura de una reacción en cadena: Le Bon-Ramos Mejía-Ingenieros

 

 

Martín Batalla

Facultad de Humanidades y Artes

Universidad Nacional de Rosario

 

 

 

Introducción

 

 

 

‚ÄúUna pel√≠cula producida en el pa√≠s que cuente por int√©rprete a cualquier figura cotizada en la radiotelefon√≠a o en el teatro ‚Äďcotizaciones √©stas que poco o nada tienen que ver con el arte, por otra parte‚Äď; que incluya unos cuantos tangos, los correspondientes guitarristas y exhume recursos del plebeyo sainete criollo que sus mismos adeptos se avergonzaron de frecuentar en determinado momento por el ‚Äėqu√© dir√°n‚Äô, es, hoy d√≠a, un negocio. Un negocio redondo. Basta que el ‚Äėastro‚Äô, los guitarristas y el mal gusto se ensamblen en una forma tan elemental como para que un acto tenga alguna relaci√≥n de continuidad con los otros, para que el √©xito sea concluyente.

‚Ķ. Los productores explotan un presente. El p√ļblico los enriquece. ‚ÄėEl p√ļblico no tiene ning√ļn sentido moral, no tiene ning√ļn buen sentido‚Äô, acaba de declarar en Francia el abate Bethleem, recordando seguramente a Gustavo Le Bon. ‚ÄėPorque es masa. Porque es muchedumbre. Mil hombres inteligentes reunidos se conducen como un gran imb√©cil‚Äô.‚ÄĚ

 

Revista Cinegraf, A√Īo V, N¬ļ 50, Buenos Aires, junio de 1936. (1)

 

 

Como habr√° ocurrido con bastante antelaci√≥n con el furor teatral y la emergencia de su aparato cr√≠tico en las columnas de la prensa peri√≥dica, en nuestro pa√≠s, el advenimiento del cine y la consiguiente aparici√≥n de la cr√≠tica cinematogr√°fica estuvieron unidos a dos fen√≥menos complementarios y a la vez ciertamente contradictorios: por un lado, a la advertencia en cierto modo auspiciosa de un p√ļblico ampliado, resultado del paulatino proceso de establecimiento y sedimentaci√≥n que los allegados al pa√≠s por v√≠a de las campa√Īas inmigratorias aluvionales experimentaron, junto a los representantes nativos, con el transcurso de los a√Īos, pero tambi√©n, y por otro lado, a una temprana convalidaci√≥n que tom√≥, en los juicios de la √©poca, la forma de una repetida sanci√≥n dirigida precisamente contra la naturaleza misma de esos nuevos espectadores ya establecidos como grupo, portadores de un patr√≥n de inteligencia y gusto alejado de lo deseado por los intelectuales encargados de examinarlos.

 

Nacido el siglo, el fen√≥meno de asombroso crecimiento poblacional se volver√≠a un acontecimiento dif√≠cil de soslayar al menos en una ciudad como Buenos Aires, ya modernizada o en trances de una r√°pida modernizaci√≥n, y que pronto comenzar√≠a a ofrendar a esas multitudes los productos de los espect√°culos masivos en los t√©rminos del eslab√≥n culminante de ese desarrollo acelerado. Junto a esto, y si desde su aparici√≥n en los cafetines europeos pareci√≥ indudable que el espect√°culo cinematogr√°fico, pronto un arte que interpelar√≠a como ning√ļn otro a las multitudes, experimentar√≠a un inmediato arraigo por estas latitudes, la presencia de las masas argentinas m√°s bien alent√≥ todos los buenos pron√≥sticos al respecto y apareci√≥ como un reaseguro de las inmediatas convicciones que vislumbraron con suficiente anticipaci√≥n por estos lares, el suceso que el cine estaba concitando en el viejo continente.

   

En el marco de la diversificaci√≥n de la llamada industria cultural, entonces, esta conexi√≥n entre la emergencia de propuestas art√≠sticas asociadas al advenimiento de los renovados pasatiempos para masas, y la inmediata confirmaci√≥n de las mayor√≠as vueltas con rapidez consumidoras de estos nuevos productos, devino enseguida para los representantes de la intelligentzia vern√°cula una evidencia objeto de m√ļltiples ex√°menes, en su mayor√≠a apoyada, o apoyada todav√≠a persistentemente, en el grueso de las propuestas de aquellos intelectuales que reflexionaron sobre los gustos, los h√°bitos y, desde una perspectiva signada por la ciencia y el conocimiento positivo, sobre la constituci√≥n ‚Äúorg√°nica‚ÄĚ misma (fisiol√≥gica pero tambi√©n ps√≠quica) de esos receptores inmersos en la multitud, tambi√©n para esos examinadores una suerte de caja de resonancia de los patrones de gusto y de comportamiento detentados por los integrantes de esos sectores, vistos como parte de un s√≠ntoma social de proporciones mayores.

 

Aunque no nos ocuparemos de ello en esta presentaci√≥n, s√≥lo adelantamos que ser√°n todav√≠a estas reflexiones ‚Äďinauguradas generalmente por los representantes de la medicina de corte biol√≥gico o por aquellos exponentes sindicados como los iniciadores de la primera sociolog√≠a argentina‚Äď las que te√Īir√°n los juicios que, en especial a prop√≥sito de los patrones art√≠sticos mencionados, y observados con especial atenci√≥n en (y con respecto a) los nuevos espectadores masivos, emitir√°n los intelectuales que ‚Äďcomo en el caso de Horacio Quiroga o del rese√Īador que suscribe el p√°rrafo del ac√°pite a estas palabras liminares‚Äď se sientan tentados de ocuparse del cine como fen√≥meno tambi√©n √©l moderno. A lo largo de estas p√°ginas, tendremos en cambio la ocasi√≥n de verificar c√≥mo los textos que integran el corpus de este trabajo, en un estado de formulaci√≥n todav√≠a germinal, vislumbran la relevancia que los espect√°culos para mayor√≠as (sus habitus y sus protagonistas) cobrar√≠an a lo largo del siglo a nivel mundial.

 

El presente trabajo propone ordenar una lectura alrededor de un recorrido que buscar√° tocar al menos parcialmente la obra de tres intelectuales ‚ÄďGustave Le Bon, Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a y Jos√© Ingenieros‚Äď, en algunas de cuyas propuestas observamos una reiteraci√≥n tem√°tica que, retomada y a veces amplificada por cada nuevo interlocutor, persiste todav√≠a en las formulaciones de destino con una insistencia y un protagonismo conceptual capaz de exportarse despu√©s, en ajustados an√°lisis disciplinares, a otros √°mbitos y hacia otros objetos del campo intelectual y cultural del momento. Nos referimos puntualmente a una cierta propensi√≥n nerviosa, caracter√≠stica poco menos que innata de la constituci√≥n ‚Äúorg√°nica‚ÄĚ de las multitudes ‚Äďy cuya formulaci√≥n y alcance conviene acotar entre la intervenci√≥n inaugural de Le Bon y su asimilaci√≥n vern√°cula con objeciones por el doctor Ramos Mej√≠a‚Äď, por un lado; y a los gustos de digesti√≥n gruesa peculiares tambi√©n de los hombres agrupados en masa, que, como parte del bagaje ‚Äúetiol√≥gico‚ÄĚ del hombre mediocre, aparece en los ensayos de Jos√© Ingenieros, por otro.

 

Cual si neurol√≥gicamente se tratase de dos grandes polos opuestos conductores de una reacci√≥n nerviosa en cadena, que dejara sentir con una sensibilidad mayor la excitaci√≥n en los tramos iniciales, pero condujera, seg√ļn una intensidad siempre decreciente, los √ļltimos coletazos reflejos hacia el extremo donde terminaran finalmente por mitigarse las vibraciones postreras, en las intervenciones de estos tres intelectuales interesa localizar y seguir las resonancias que, originadas en el impulso propulsor de las propuestas de quien inicia la serie (Le Bon), y aunque amortiguadas varias veces en su intensidad, todav√≠a muestran en el encargado de clausurarla (Ingenieros), la manera como comparten puntos de contacto con sus registros iniciales, haciendo o√≠r t√≥picos, observaciones y categor√≠as anal√≠ticas que remiten lexicalmente a ese complejo universo de sentidos, pero que un an√°lisis ajeno a la tradici√≥n y al estado de sensibilidad construido por aquel legatario inicial, como a la decisiva reformulaci√≥n de Ramos Mej√≠a, pasar√≠a por completo inadvertidas. As√≠, y de acuerdo a las implicancias de esta direcci√≥n exploratoria, a la psicolog√≠a de las masas y al examen sociol√≥gico de las multitudes, importar√≠a entonces sustancialmente sumar una estesiolog√≠a (2) ‚Äďque pensamos como una ‚Äúdisciplina‚ÄĚ de l√≠mites (alcances y proyecciones) vagos e imprecisos, situada entre la psiquiatr√≠a, la psicolog√≠a, la sociolog√≠a nacientes‚Äď, emergente de las propuestas suscriptas por los autores que haremos objeto de nuestro examen.

 

 

Gustave Le Bon: ‚Äúlas manos en la masa‚ÄĚ

 

 

‚ÄúQuoi qu'il en soit, il faut bien nous r√©signer √† subir le r√®gne des foules, puisque des mains impr√©voyantes ont successivement renvers√© toutes les barri√®res qui pouvaient les contenir. Ces foules, dont on commence √† tant parler, nous les connaissons bien peu. Les psychologues professionnels, ayant v√©cu loin d'elles, les ont toujours ignor√©es, et quand ils s'en sont occup√©s, ce n'a √©t√© qu'au point de vue des crimes qu'elles peuvent commettre. Sans doute, il existe des foules criminelles, mais il existe aussi des foules vertueuses, des foules h√©ro√Įques, et encore bien d‚Äôautres. Les crimes des foules ne constituent qu'un cas particulier de leur psychologie, et on ne conna√ģt pas plus la constitution mentale des foules en √©tudiant seulement leurs crimes, qu'on ne conna√ģtrait celle d'un individu en d√©crivant seulement ses vices‚ÄĚ. (Le Bon, 1895, p. 13-14).

 

 

Estamos en Europa, m√°s precisamente en Par√≠s, hacia finales de la centuria decimon√≥nica. Quien ha consignado la advertencia precedente, a poco de haber iniciado un tratado que se har√° c√©lebre, va camino a convertirse en el primer analista sistem√°tico de las multitudes urbanas. La cita se sit√ļa en los proleg√≥menos mismos del estudio que planea dedicarles, Psychologie des foules ‚Äďenseguida devenido un best-sellers de √©poca y hasta un s√≠ntoma notable de lo mismo que examina‚Äď, y parece estar all√≠ para se√Īalar con algo de verdad que, antes de su propia aparici√≥n en la escena intelectual, los movimientos de masas s√≥lo hab√≠an sido objeto de ex√°menes cautelosos acometidos generalmente por profesionales cuya preocupaci√≥n mayor parec√≠a resultar la de la llamada ‚Äúcuesti√≥n social‚ÄĚ (3), con centro en el disciplinamiento correctivo de los componentes peligrosos del sistema.

 

A fin de derribar entonces la opini√≥n generalizada que hab√≠a concebido hasta el momento a las masas ligadas estrechamente al fen√≥meno de la delincuencia urbana, el doctor Gustave Le Bon, rechazando prejuicios largamente instalados, aunque ya veremos que fortaleciendo tambi√©n el establecimiento de otros muchos, nos aclara desde el inicio que no todo hombre en masa es pasible de devenir un criminal, que las emociones y los excitantes que atenazan al hombre en foule no siempre lo conducen a la comisi√≥n de delitos, y que, por fuera de los grupos sociales delictivos sin duda verificables, existen otras formas muy variadas de multitudes cuyo estudio y conocimiento se ha disimulado durante a√Īos.

 

Seg√ļn su parecer, adem√°s de las que los psic√≥logos han terminado por admitir y clasificar, es posible atender a otras muchas modalidades de masas que el mismo autor se encargar√° de mencionar con alg√ļn detalle en su estudio, aunque no en todos los casos de describir con abundancia de caracteres y con la suficiente claridad que el estado del campo parec√≠a entonces reclamar. Si es cierto que las masas revolucionarias, las reunidas en clases y en asambleas, las convocadas por sectas pol√≠ticas o religiosas, o las congregadas en castas militares, obreras y sacerdotales acaparan toda su atenci√≥n (4), aqu√©llas que se aglomeraban reunidas frente a un espect√°culo art√≠stico no alcanzan sino a despertar menciones ocasionales y pasajeras que no logran disimular al respecto la inconstancia de su estudio.

 

De acuerdo con la opini√≥n de Le Bon, los hombres reunidos en masa son siempre bien distintos al individuo aislado. En principio, sufren una extra√Īa y decisiva mutaci√≥n: cambian de alma y tambi√©n de estado ps√≠quico. Pasan de compartir el alma de la raza, com√ļn a todos y al parecer en el sustrato de la herencia biol√≥gica de un pueblo, a experimentar de un modo m√°s o menos transitorio la tambi√©n colectiva alma de la multitud, una nueva unidad mental resultada de la sumatoria de sus individuos componentes, fungida en base a caracteres psicol√≥gicos nuevos que se superponen a los de aqu√©lla.

 

Soberana absoluta de la edad moderna, desde el punto de vista psicol√≥gico la masa es puro instinto inconsciente para Le Bon, un solo ser monstruoso, inepto a la raz√≥n y refractario a las formas tanto elementales como elevadas del pensamiento. ‚ÄúTraupeau mobile ob√©issant √° toutes les impulsions‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 120), causa corruptora de la personalidad individual, las masas son pensadas como fuerzas generalmente desmadradas, siempre propensas a la acci√≥n destructiva del cuerpo social (5). Para el examinador que se ha decidido a estudiarlas, pero que al hacerlo ha resuelto extremar contra ellas toda suerte de cauciones, aparecen como el signo y el s√≠ntoma de todas las enfermedades sociales. En el marco de un clima socio-pol√≠tico franc√©s extremadamente agitado por las manifestaciones del 1¬ļ de mayo, las olas del terrorismo anarquista, el aumento de las huelgas y el recrudecimiento de las manifestaciones violentas (6), las masas devienen un peligro siempre inminente que debe necesariamente conjurarse a fin de alcanzar el bienestar que procura todo estado de salud colectiva.¬†

 

As√≠, y "como el naturalista que comienza por describir los rasgos generales comunes a todos los individuos de una familia antes de ocuparse de los particulares que permiten diferenciar los g√©neros y las especies que ella encierra‚ÄĚ (7), Le Bon extrema sus esfuerzos ‚Äúcient√≠ficos‚ÄĚ en definir primero caracteres, y luego en determinar sus excitantes, haciendo gala de tanta exhaustividad en algunos pasajes, que se dijera munido de un potente microscopio apto al examen celular:

 

 

‚ÄúLe fait le plus frappant que pr√©sente une foule psychologique est le suivant: quels que soient les individus qui la composent, quelque semblables ou dissemblables que soient leur genre de vie, leurs occupations, leur caract√®re ou leur intelligence, par le fait seul qu'ils sont transform√©s en foule, ils poss√®dent une sorte d'√Ęme collective qui les fait sentir, penser, et agir d'une fa√ßon tout √† fait diff√©rente de celle dont sentirait, penserait et agirait chacun d'eux isol√©ment. Il a des id√©es, des sentiments qui ne surgissent ou ne se transforment en actes que chez les individus en foule. La foule psychologique est un √™tre provisoire, form√© d'√©l√©ments h√©t√©rog√®nes qui pour un instant se sont soud√©s, absolument comme les cellules qui constituent un corps vivant forment par leur r√©union un √™tre nouveau manifestant des caract√®res fort diff√©rents de ceux que chacune de ces cellules poss√®de.‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 19, cursiva nuestra).

 

 

Como ocurre entonces con las c√©lulas que forman -acopl√°ndose y sold√°ndose- un nuevo ser viviente, as√≠ tambi√©n con los individuos agrupados en masa. ‚ÄúL‚Äôindividu en foule est un grain de sable au milieu d‚Äôautres grains de sable que le vent soul√®ve √† son gr√©‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 22): lo diferencial se borra; lo que era heterog√©neo, naufraga en la com√ļn homogeneidad; la conciencia s‚Äô√©vanouit en el puro instinto; las condiciones intelectuales retroceden dando lugar al monstruo: ‚Äúdans les foules, c‚Äôest la b√™tise et non l‚Äôesprit, qui s‚Äô√†ccumule‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 20). Los caracteres psicol√≥gicos que se comparten estar√°n prontos a catalizar los excitantes externos.

 

 

La foule psychologique: caracteres y excitantes

 

Hacer masa es ciertamente algo muy distinto a ser s√≥lo un individuo aislado. Pero tambi√©n, ser masa es diferente de ser multitud, a√ļn cuando los intelectuales que siguieron (Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a, entre nosotros) utilicen en sus estudios ambos t√©rminos como formas conceptualmente equivalentes (8). En la acepci√≥n psicol√≥gica que gu√≠a las observaciones leboneanas, no siempre en una reuni√≥n numerosa de individuos puede constatarse la presencia de una masa. Para que ello sea operativo, es necesario encontrar una serie de rasgos que la caracterizan y la vuelven para √©l inmediatamente reconocible. El concierto de esta ‚Äúfisonom√≠a‚ÄĚ constituye, esencialmente, la parte sustancial que nos interesa rescatar de su extenso estudio:

 

 

“Au sens ordinaire le mot foule représente une réunion d'individus quelconques, quels que soient leur nationalité, leur profession ou leur sexe, et quels que soient aussi les hasards qui les rassemblent.

An point de vue psychologique, l'expression foule prend une signification tout autre. Dans certaines circonstances donn√©es, et seulement dans ces circonstances, une agglom√©ration d'hommes poss√®de des caract√®res nouveaux fort diff√©rents de ceux des individus composant cette agglom√©ration. La personnalit√© consciente s'√©vanouit, les sentiments et les id√©es de toutes les unit√©s sont orient√©s dans une m√™me direction. Il se forme une √Ęme collective, transitoire sans doute, mais pr√©sentant des caract√®res tr√®s nets. La collectivit√© est alors devenue ce que, faute d'une expression meilleure, j'appellerai une foule organis√©e, ou, si l'on pr√©f√®re, une foule psychologique. Elle forme un seul √™tre et se trouve soumise √† la loi de l'unit√© mentale des foules.

.... Mille individus accidentellement r√©unis sur une place publique sans aucun but d√©termin√©, ne constituent nullement une foule au point de vue psychologique. Pour en acqu√©rir les caract√®res sp√©ciaux, il faut l'influence de certains excitants dont nous aurons √† d√©terminer la nature.‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 17-18, cursivas del original; subrayado nuestro)

 

 

La pr√°ctica m√©dica y la biolog√≠a de corte evolucionista ser√°n pertrechos constantes de los que se echar√° mano en esa labor descriptiva que se observa en Psychologie des foules. Tambi√©n dos fen√≥menos epocales conexos como el hipnotismo y la sugesti√≥n llegar√°n a su turno para prestar auxilios al doctor Le Bon en su √≠mproba tarea. Al momento de determinar las causas de los caracteres especiales que se observan en la agrupaci√≥n de los individuos, esto es, a la hora de consignar aquello que los excita a integrarse y a hacer masa, Le Bon recurre a lo que entiende como un efecto natural del n√ļmero: el sentimiento de poder invencible que el sentirse mayor√≠a otorga, y que permite a sus miembros entregarse a la demanda de los instintos, algo que con seguridad refrenar√≠a una persona aislada, fuertemente constre√Īida por el sentimiento individual de la responsabilidad. Enseguida, el contagio (9), un fen√≥meno vinculado a una pr√°ctica √° la mode, la hipnosis, consigue que el inter√©s colectivo de la masa predomine sobre las necesidades personales de sus integrantes. Sugestionados, los muchos componentes act√ļan como un √ļnico miembro bajo efectos hipn√≥ticos:

 

 

‚ÄúPour comprendre ce ph√©nom√®ne, il faut avoir pr√©sentes √† l'esprit certaines d√©couvertes r√©centes de la physiologie. Nous savons aujourd'hui que, par des proc√©d√©s vari√©s, un individu peut √™tre plac√© dans un √©tat tel, qu'ayant perdu toute sa personnalit√© consciente, il ob√©isse √† toutes les suggestions de l'op√©rateur qui la lui a fait perdre, et commette les actes les plus contraires √† son caract√®re et √† ses habitudes. Or les observations les plus attentives paraissent prouver que l'individu plong√© depuis quelque temps au sein d'une foule agissante, se trouve bient√īt plac√© ÔÄ≠par suite des effluves qui s'en d√©gagent, ou pour toute autre cause que nous ne connaissons pasÔÄ≠ÔĆdans un √©tat particulier, qui se rapproche beaucoup de l'√©tat de fascination o√Ļ se trouve l'hypnotis√© dans les mains de son hypnotiseur. La vie du cerveau √©tant paralys√©e chez le sujet hypnotis√©, celui-ci devient l'esclave de toutes les activit√©s inconscientes de sa moelle √©pini√®re, que l'hypnotiseur dirige √† son gr√©. La personnalit√© consciente est enti√®rement √©vanouie, la volont√© et le discernement sont perdus. Tous les sentiments et les pens√©es sont orient√©s dans le sens d√©termin√© par l'hypnotiseur.‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 21).

 

 

Vulnerable y sensible en extremo a los estados nerviosos originados en su m√©dula espinal, la masa se torna con facilidad levantisca, irritable, excitada y excesivamente cr√©dula, propensa mayormente a exagerar sus sentimientos o a dejarse llevar por una imaginaci√≥n desproporcionada y deforme. En estos puntos, en cuanto a su estado y a sus conductas, se vuelve por ello semejante al hombre primitivo, pero tambi√©n a las mujeres, a los ni√Īos y a los locos (10). Irracionales, seducibles e impresionables, guiadas por pasiones caldeadas y sugestionadas hasta la temperatura del desenfreno, las multitudes psicol√≥gicas, enfebrecido estado de contagio mediante, se dejan arrastrar ‚Äď‚Äúsemblables aux feuilles que l‚Äôouragan soul√®ve‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 26) ‚Äď por pol√≠ticos sin escr√ļpulos, por movimientos ideol√≥gicos considerados por Le Bon perjudiciales, por jefes militares y d√©spotas y, en suma, por los grandes meneurs de los que la historia de la humanidad puede rendir cuenta holgadamente en su haber. (11)

 

Las masas no son permeables a las ideas ni a los argumentos: s√≥lo a los sentimientos y a las emociones fuertes. Mientras el pensar es para aqu√©llas un h√°bito menos que pasajero, el sentir y el hacer son siempre constantes, conmocionantes, y capturan poderosamente toda su atenci√≥n con sugestiva fuerza ‚Äúconvincente‚ÄĚ. Sus razonamientos son inferiores, seg√ļn Le Bon, porque las ideas asociadas no poseen entre ellas ning√ļn lazo aparente de analog√≠a o sucesi√≥n (12). En principio y siempre, las convence todo lo que golpee a la puerta de un desarrollado sistema nervioso con centro en las emociones (13). Sus falsas ideas son por ende defectivas porque se originan en una amplia gama de sentimientos. En los t√©rminos por entonces corrientes de la psiquiatr√≠a, su componente intelectual es en realidad una sofisticada estesiolog√≠a. Desafiando de lejos a Raymond Williams, escribe el doctor Le Bon para su libro: "La contagion est si puissante qu'elle impose aux individus non seulement certaines opinions mais encore certaines fa√ßons de sentir" (Le Bon, 1895, p. 78).

 

Por estos mismos rasgos que se describen es que las masas presentan además una imaginación tan fecunda, emparentada con los procesos oníricos pero también con las patologías de los alucinados y del nerviosismo histérico:

 

 

‚ÄúDe m√™me que pour les √™tres chez qui le raisonnement n'intervient pas, l'imagination repr√©sentative des foules est tr√®s puissante, tr√®s active, et susceptible d'√™tre vivement impressionn√©e. Les images √©voqu√©es dans leur esprit par un personnage, un √©v√©nement, un accident, ont presque la vivacit√© des choses r√©elles. Les foules sont un peu dans le cas du dormeur dont la raison, momentan√©ment suspendue, laisse surgir dans l'esprit des images d'une intensit√© extr√™me, mais qui se dissiperaient vite si elles pouvaient √™tre soumises √† la r√©flexion. Les foules, n'√©tant capables ni de r√©flexion ni de raisonnement, ne connaissent pas l'invraisemblable: or, ce sont les choses les plus invraisemblables qui sont g√©n√©ralement les plus frappantes.‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 42-43).

 

 

M√°s sugestionadas por lo irreal que por lo real, por las im√°genes antes que por las ideas, por las sensaciones y no por el intelecto, cuando el doctor Le Bon busca un ejemplo suficientemente v√°lido para explicitar estos condicionantes del n√ļmero y del contagio, recurre al que le suministra la escena teatral de su √©poca:

 

 

‚ÄúLes foules, ne pouvant penser que par images, ne se laissent impressionner que par des images. Seules les images les terrifient ou les s√©duisent, et deviennent des mobiles d'action. Aussi, les repr√©sentations th√©√Ętrales, qui donnent l'image sous sa forme la plus nettement visible, ont-elles toujours une √©norme influence sur les foules. .... Rien ne frappe davantage l'imagination des foules de toutes cat√©gories que les repr√©sentations th√©√Ętrales. Toute la salle √©prouve en m√™me temps les m√™mes √©motions .... Parfois cependant les sentiments sugg√©r√©s par les images sont si forts qu'ils tendent, comme les suggestions habituelles, √† se transformer en actes. On a racont√© bien des fois l'histoire de ce th√©√Ętre populaire qui, ne jouant que des drames sombres, √©tait oblig√© de faire prot√©ger √† la sortie l'acteur qui repr√©sentait le tra√ģtre, pour le soustraire aux violences des spectateurs indign√©s des crimes, imaginaires pourtant, que ce tra√ģtre avait commis. C'est l√†, je crois, un des indices les plus remarquables de l'√©tat mental des foules, et surtout de la facilit√© avec laquelle on les suggestionne. L'irr√©el a presque autant d'action sur elles que le r√©el. Elles ont une tendance √©vidente √† ne pas les diff√©rencier frappantes.‚ÄĚ (Le Bon, 1895, p. 43). (14)

 

 

Est√° visto: la sala teatral, por su capacidad de contenci√≥n de un alto n√ļmero de espectadores, hab√≠a sido y era todav√≠a un √°mbito propicio a generar el contagio de las emociones por v√≠a de un especial estado de receptividad. M√°s tarde lo ser√≠an con seguridad los espect√°culos de proyecciones cinematogr√°ficas, de los que, y por motivos estrictamente cronol√≥gicos, Gustave Le Bon no lleg√≥ a ocuparse, a pesar de que su lanzamiento europeo se remontara al a√Īo mismo en que la Psychologie des foules era publicada. Si, atado a su √©poca, no alcanz√≥ a extenderse demasiado en el examen de las incidencias de las im√°genes en movimiento sobre las masas, sin duda esto debi√≥ imputarse al hecho de que, por esa misma inmediatez comentada, √©stas, en calidad de ‚Äúexcitantes‚ÄĚ, no concitaban el exagerado inter√©s con que iban despu√©s a arrastrar a las multitudes en el escenario ampliado del mundo entero. La menci√≥n citada referente a los fen√≥menos ordinarios que se observaban en las pr√°cticas teatrales de su √©poca, precede, sin embargo, la observaci√≥n de una atracci√≥n nada desde√Īable que, con respecto a lo que despu√©s evolucionar√≠a en el cine, ya comenzaba a avizorarse con cierta rapidez.

 

 

Le Bon y la lanterne magique

 

La idea de concebir a las masas como especialmente permeables a los fen√≥menos de sugesti√≥n e hipnotismo, presente desde Le Bon en Freud y, entre nosotros, en Ramos Mej√≠a y Jos√© Ingenieros, podr√° vincularse c√≥modamente m√°s tarde con la atracci√≥n hipn√≥tica ejercida por los nuevos medios tecnol√≥gicos (radiales, cinematogr√°ficos), con los que, un paso m√°s adelante que el teatro, se busc√≥ sugestionar a los nuevos p√ļblicos urbanos. A estos avances ‚Äďque el caso del cine vuelve a emparentar con las formas familiares de la ‚Äúpr√°ctica m√©dica‚ÄĚ, desde el momento en que el montaje cinematogr√°fico fue concebido por Walter Benjam√≠n como un modo de experiencia quir√ļrgica an√°loga a la intervenci√≥n del cirujano en el quir√≥fano cl√≠nico (Cfr. Benjamin, 1935)‚Äď, ser√° l√≠cito sumar, d√©cadas despu√©s, la fotogenia, una preocupaci√≥n vinculada al mete√≥rico ascenso de las estrellas del cine, correlativa al crecimiento abultado de las finanzas de las productoras industriales. Sus parlamentos y latiguillos, los modos de actuaci√≥n y gesticulaci√≥n caracter√≠sticos, las posturas de actores y de actrices, el mundo lujoso de los objetos de uso, las pr√°cticas de vestuario y todas las imposiciones de la moda, o las gigantescas reconstrucciones escenogr√°ficas en el interior artificial de los sets, ser√°n parte integrante del bagaje de componentes que sugestionen e hipnoticen hasta el fanatismo a las masas de nuevos espectadores. (15)

 

Pero si Le Bon no lleg√≥ tan lejos, sin embargo su estudio da cuenta de que intent√≥ extender, al menos todo cuanto le fue posible, el horizonte de manifestaciones que cayeron bajo su lente de observaci√≥n directa. En el examen de los fen√≥menos que sugestionaban con mayor fuerza a las multitudes, y a la espera de encontrar explicar la funcionalidad con que la imaginaci√≥n de las mismas ‚Äúse ordena‚ÄĚ y ‚Äúpiensa‚ÄĚ, nos interesa sobre todo verificar una atenta observaci√≥n, por otra parte de lo m√°s inmediata y contempor√°nea que pueda reclam√°rsele, para 1895, al proyecto de delimitaci√≥n y ordenaci√≥n de los aspectos abordados en su estudio y a la plasmaci√≥n ulterior de una escritura. En esta tarea de auscultaci√≥n del organismo social y de inmersi√≥n en las honduras de un psiquismo masivo para seguir febrilmente all√≠ las causas de sus excitantes, Le Bon recoge la incidencia, todav√≠a no tan decisiva, de uno de los ancestros del cine de mayor difusi√≥n en los boulevards europeos de finales de la centuria decimon√≥nica: la lanterne magique:

 

 

‚ÄúQuelles que soient les id√©es sugg√©r√©es aux foules, elles ne peuvent devenir dominantes qu'√† la condition de rev√™tir une forme tr√®s absolue, et tr√®s simple. Elles se pr√©sentent alors sous l'aspect d'images, et ne sont accessibles aux masses que sous cette forme. Ces id√©es-images ne sont rattach√©es entre elles par aucun lien logique d'analogie ou de succession, et peuvent se substituer l'une √† l'autre comme les verres de la lanterne magique que l'op√©rateur retire de la bo√ģte o√Ļ ils √©taient superpos√©s. Et c'est pourquoi on peut voir dans les foules se maintenir c√īte √† c√īte les id√©es les plus contradictoires. Suivant les hasards du moment, la foule sera plac√©e sous l'influence de l'une des id√©es diverses emmagasin√©es dans son entendement, et pourra par cons√©quent commettre les actes les plus dissemblables. Son absence compl√®te d'esprit critique ne lui permet pas d'en percevoir les contradictions‚ÄĚ. (Le Bon, 1895, p. 39-40). (16)

 

 

El pasaje, que permite anticipar tambi√©n de un modo casi notable las posiciones te√≥ricas que un tiempo despu√©s formular√°n en torno al montaje tanto Eisenstein como Pudovkin, le permite a Le Bon pensar, en la fractura de leurs signifiants emmagasin√©es, el modo singular en que las masas ‚Äúrazonan‚ÄĚ (se sugestionan) por la concatenaci√≥n de potentes im√°genes que, en principio inmotivadas y luego montadas, consienten por vislumbrar una operaci√≥n cercana a lo que despu√©s ser√° para ellas un mecanismo usual, por ejemplo, en el primer cine de propaganda que rein√≥ durante el nazismo. Seg√ļn las investigaciones de Siegfried Kracauer, tambi√©n por un dispositivo de ajustada compaginaci√≥n audiovisual los mandantes del Tercer Reich encauzaban las pel√≠culas celebratorias del r√©gimen hacia los componentes de las multitudes alemanas (Cfr. Kracauer, 1947). Estas pel√≠culas, objeto de una minuciosa planificaci√≥n, estuvieron precedidas por un larga serie de filmes que hab√≠an sabido asilar en su interior a tiranos sin escr√ļpulos, criminales aut√≥matas, son√°mbulos inquietantes y psiquiatras hipnotizadores que, como el doctor Caligari, se hallaban al borde mismo de la locura. (17)

 

Alejado del escenario de la guerra, pero en el camino de la consecuci√≥n de efectos tambi√©n ‚Äúhipn√≥ticos‚ÄĚ, magnetizadores de los intereses del espectador, el primer cine argentino sonoro, tal como lo advirtiera el cronista de Cinegraf, ‚Äúensambl√≥‚ÄĚ ingredientes de fuerte repercusi√≥n popular (figuras de la radio o el teatro, tangos, guitarristas, recursos del sainete) procurando que, en esa reuni√≥n, ‚Äúun acto [tuviera] alguna relaci√≥n de continuidad con los otros‚ÄĚ (18). El montaje de estos excitantes, cual una cadena de significantes mayormente endeble aunque provista de una m√≠nima hilaci√≥n, puede verificarse en los inaugurales productos sonoros argentinos de la d√©cada del treinta. En las cr√≥nicas de la √©poca que refieren el entusiasmo de los espectadores y, en suma, en la gigantesca industria que se edific√≥ en el pa√≠s en apenas un lustro, pueden compulsarse con facilidad los efectos de la sugesti√≥n cinematogr√°fica de factura local.

 

 

Las multitudes nuestras seg√ļn Ramos Mej√≠a: una estesiolog√≠a de las masas

 

 

 

‚ÄúLa foule, avons-nous dit en √©tudiant ses caract√®res fondamentaux, est conduite presque exclusivement par l'inconscient. Ses actes sont beaucoup plus sous l'influence de la moelle √©pini√®re que sous celle du cerveau. Elle se rapproche en cela des √™tres tout √† fait primitifs. Les actes ex√©cut√©s peuvent √™tre parfaits quant √† leur ex√©cution, mais, le cerveau ne les dirigeant pas, l'individu agit suivant les hasards des excitations. Une foule est le jouet de toutes les excitations ext√©rieures et en refl√®te les incessantes variations. Elle est donc esclave des impulsions qu'elle re√ßoit. (...) C'est ce qu'on peut physiologiquement exprimer en disant que l'individu isol√© poss√®de l'aptitude √† dominer ses r√©flexes, alors que la foule ne la poss√®de pas.‚ÄĚ

 

Gustave Le Bon, Psychologie des foules (1895). (19)

 

 

En el estudio preliminar a Las multitudes argentinas, en la edici√≥n que prepar√≥ para la Editorial Biblioteca, Adolfo Prieto refiere para comenzar las privilegiadas condiciones sociales, pol√≠ticas, econ√≥micas y por fin intelectuales en que crecieron los hombres nacidos en los a√Īos pr√≥ximos al de la batalla de Caseros. Formados en el interior de los flamantes claustros universitarios, en el marco de las contingencias propicias a la pr√°ctica del conocimiento cient√≠fico que sus aulas les posibilitaron, estos hombres, dice Prieto, se vieron casi siempre pertrechados de los instrumentos de trabajo m√°s adecuados al abordaje cient√≠fico disciplinar y por ello detentaron las condiciones profesionales m√°s calificadas de su √©poca, aptas para el an√°lisis de la diversificada sociedad que emerg√≠a con ellos. Como ning√ļn otro especialista, adem√°s, este nuevo profesional universitario se hall√≥ ‚Äúhabitualmente bien informado de las corrientes discutidas en los medios acad√©micos europeos‚ÄĚ (20), y en la mayor√≠a de los casos utiliz√≥ esos enseres para moldear sus propias reflexiones y materiales, los que, orientados al examen de las condiciones vern√°culas, casi siempre se satelizaron a ellos.

 

A pesar de la direcci√≥n y del tono propio impresos a las ideas del libro, estos √ļltimos rasgos resultan inocultables a poco que se avance en la lectura de Las multitudes argentinas, hecho que, entre otras cosas, nos eximir√° de insistir demasiado en la direcci√≥n de los mismos. La influencia poderosa de las matrices proporcionadas por la Psycholog√≠e des foules posicionan a Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a en el rango de un disc√≠pulo constante del doctor Le Bon ‚Äďpero tambi√©n de las difundidas ideas de Hyppolite Taine‚Äď, repertorio que traslada, en sus f√≥rmulas m√°s conocidas, a la convulsionada sociedad argentina a cuyo examen se aplicar√° a lo largo del volumen, que ver√° la luz s√≥lo cuatro a√Īos despu√©s que el de su maestro europeo. No sin interponer algunos reparos y se√Īalando como ajuste sustancial la introducci√≥n del concepto de multitud ‚Äďque no siempre se superpone por completo al de masa para abarcar todas sus implicancias psicol√≥gicas‚Äď, como su firme convicci√≥n de remontar su emergencia a la √©poca de la Colonia ‚Äďdonde el especialista argentino se encuentra ya con la presencia de multitudes (21)‚Äď, el doctor Ramos Mej√≠a nos permitir√° avanzar en nuestro recorrido mostrando aquello que, para los fines acotados de nuestro examen, aporta como novedad a la descripci√≥n caracterol√≥gica de las aglomeraciones inaugurada por sus referentes europeos de consulta. (22)

 

En los distintos tramos configurantes de ese complejo inventario fison√≥mico nos interesa sobre todo recortar la importancia concedida al sistema nervioso como aspecto esencial de la psicolog√≠a colectiva, y tambi√©n destacar muy especialmente el consecuente empleo de un l√©xico (y hasta de una tropolog√≠a) disciplinar que agota habitualmente el repertorio de la neuropsiquiatr√≠a epocal. As√≠, y empezando por compartir en la mayor√≠a de sus t√©rminos el retrato ensayado por Le Bon, Ramos Mej√≠a avanza sobre la representaci√≥n de las multitudes ajustando su inter√©s de un modo notorio en la peculiar sensibilidad colectiva de las agrupaciones que observa actuar desde √©poca temprana en el pa√≠s. Si para ello exhibe los calibrados instrumentos de abordaje biologicista que su tiempo le presentaba como m√°s adecuados a su perspectiva y a su formaci√≥n, esto es, el eficaz repertorio positivista cuyo empleo no siempre moderado, a los ojos del observador contempor√°neo, no logra rescatarse de sus abusos ni tampoco de sus limitaciones (23), este estado de la cuesti√≥n, sin embargo, est√° lejos de impedir, aplicado al bosquejo del cuadro cl√≠nico de las multitudes, la formulaci√≥n de una profusa figuraci√≥n de duradera eficacia y perdurabilidad en el discurso de los intelectuales que ‚Äďtal y como si se tratase de una reacci√≥n nerviosa en cadena‚Äď lo retomen despu√©s con otros fines. En el examen de los aspectos que nos interesa relevar es precisamente donde se verifican algunas de estas comprobaciones.

 

 

Anatomía de las multitudes

 

As√≠, y en la l√≠nea del abate de Condillac, cuyo Trait√© des sensations preconiz√≥ el imperio de los sentidos y de las sensaciones sobre la preexistencia de las ideas, el doctor Ramos Mej√≠a asignar√° al hombre objeto de la multitud una colecci√≥n de rasgos que, partiendo desde la cenestesia (24) constitutiva de todos los organismos superiores vivientes, acabar√°n por configurar una estesiolog√≠a de las masas. Para comenzar con su descripci√≥n del cuadro observado, entonces, nuestro autor empieza por discrepar con Le Bon en un punto fison√≥mico clave, donde a la vez no logra disimular, o disimula mal, los motivos clasistas que impulsan hacia adelante el grueso de su argumentaci√≥n. Evolucionista convencido y liberal consecuente, como lo describe Prieto (25), el m√©dico argentino no har√° concesiones a la afirmaci√≥n leboneana, uniforme y temerariamente igualadora, que anuncia la predisposici√≥n de todo hombre, sin distinci√≥n alguna, a formar multitud. En el primer cap√≠tulo de su libro, titulado casi provocativamente ‚ÄúBiolog√≠a de las multitudes‚ÄĚ, nos explica su criterio en relaci√≥n con la composici√≥n de las mismas, alegando las especiales aptitudes morales e intelectuales que no marcan generalmente a todo el mundo desde la cuna. Por ello es que los m√°s propensos a aglomerarse son los individuos an√≥nimos‚Ķ

 

 

‚Äúsin nombre representativo en ning√ļn sentido, sin fisonom√≠a moral propia: el n√ļmero de la sala del hospital, el hombre de la designaci√≥n usual en la milicia, √©se es su elemento. El verdadero hombre de la multitud ha sido, entre nosotros, el individuo humilde, de conciencia equ√≠voca, de inteligencia vaga y poco aguda, de sistema nervioso relativamente rudimentario e ineducado, que percibe por el sentimiento, que piensa con el coraz√≥n y a veces con el vientre: en suma, el hombre cuya mentalidad superior evoluciona lentamente, quedando reducida su vida cerebral a las facultades sensitivas‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 31, cursivas de fuente).

 

 

Es esta ‚Äúpeculiar estructura para alinearse en sus filas‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 30), una disposici√≥n emotiva de una contextura preeminentemente sensible, la que a criterio de Ramos Mej√≠a no ha sido abordada con el detenimiento que reclamaba. Ello explica, entonces, las alusiones l√©xicas del autor en el prefacio al estudio que va a consagrar a las multitudes locales, en donde desde el principio nos invita a examinarlas ‚Äúde cuerpo entero‚ÄĚ, y nos convida a obtener de ellas una ‚Äúimpresi√≥n de conjunto‚ÄĚ, mirando con la amplitud de ‚Äúuna visi√≥n mental perif√©rica de ancho di√°metro‚ÄĚ que alcance a formarnos ‚Äúuna percepci√≥n estereosc√≥pica‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 23). Si¬† la multitud es ante todo un organismo sensorial, parece que fuera preciso comprenderla apelando a toda la certidumbre que otorgan los sentidos, aplicados conjuntamente a la tarea de su observaci√≥n anat√≥mica directa. ‚ÄúLa funci√≥n de la plebe argentina es tan importante como vaga y obscura todav√≠a. La hemos condenado sin o√≠rla‚ÄĚ (√≠bidem), contin√ļa la advertencia sensorial del autor. A la necesidad de esa estesiolog√≠a de las multitudes se aplicar√°n sus desvelos a lo largo del volumen.

 

Glosados por los críticos, los apartados y los momentos textuales en que esta empresa se lleva a cabo son de por sí muy numerosos en el interior de Las multitudes argentinas, y esto sin que esa reiteración conlleve mella alguna a la organicidad del planteo o a la originalidad de las figuras, también muy copiosas, que lo sostienen. Una mirada que conecta enfoques científicos, historiográficos y sociológicos sobrevuela generalmente estos momentos analíticos tan sincréticos e ilustrativos, en que la pluma de Ramos Mejía se vuelve, como síntoma también de los mismos problemas que acomete, particularmente enérgica y enjundiosa. En estos tramos, la apelación a las citas de autoridad y al selecto repertorio lexical de que echa mano, afines ambos con su territorio disciplinar de partida, se imponen en notables pasajes del texto y pasan a ser hábitos analíticos más constantes todavía.

 

Para empezar, y dado que la multitud será siempre concebida medularmente por el autor, una noción proveniente de la semiología médica, y cuya aplicabilidad alcanzará a ese otro cuerpo observable de la sociedad local, describe desde el vamos su desarrollado sistema neurológico:

 

 

‚ÄúEse inexplicable sentido de la existencia, la cenestesia, que llamaba Henle y que Ribot define diciendo ser la suma, el caos no desembrollado de sensaciones que de todas las partes del cuerpo afluyen sin cesar al sensorium, hab√≠a tomado, en la multitud argentina, un desarrollo que la hac√≠a m√°s due√Īa de s√≠ misma.

Los pueblos, como los individuos, deben experimentar esa sensaci√≥n que les da la noci√≥n m√°s o menos clara de su ser biol√≥gico; eso que Condillac, con profunda apropiaci√≥n del vocablo, llamaba el instrumento fundamental de la existencia.‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 60-61, cursivas en fuente).

 

 

As√≠, el hombre ‚Äúbajo‚ÄĚ inmerso en la multitud es brutalmente sensitivo. Las reacciones reflejas de sus sistemas muscular y circulatorio (26) muestran a las claras, adem√°s, la espontaneidad con que se automatiza. ‚ÄúCual si un hilo el√©ctrico uniera los m√ļsculos de todos los rostros‚ÄĚ, dice Ramos Mej√≠a, la misma emoci√≥n activa el mismo impulso, las mismas palabras, iguales actitudes e id√©nticos gestos. ‚ÄúLos m√ļsculos del rostro, que son los que est√°n m√°s pr√≥ximos a los centros nerviosos cerebrales, y que por este hecho reciben r√°pidamente el influjo, son los m√°s expresivos en su automatismo‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 28). Como bajo el mismo proceso psicol√≥gico multitudinario, las fisonom√≠as de las personas fotografiadas instant√°neamente ilustran, en un d√©cimo de segundo, la evidencia que se persigue argumentar: su vida refleja sit√ļa a estas clases de individuos en la proximidad de los cerebros primitivos y elementales, lejos, desde ya, de las valencias b√°sicamente intelectuales del autor.

 

Su afinidad molecular es ciertamente poderosa. Aunque transitoriamente, el llamado hombre-carbono se manifiesta capacitado para atraerse y asociarse social o pol√≠ticamente, cual acontece en la mec√°nica de los cuerpos org√°nicos con su atomicidad molecular. La pasi√≥n irritada y el est√≠mulo del sentimiento aumentan sus valencias y su aptitud de refundici√≥n y de contagio. ‚ÄúComo un flujo de chispas el√©ctricas o el efluvio de la descarga obscura puede determinar combinaciones entre √°tomos que permanecen sin acci√≥n los unos sobre los otros‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 33), as√≠ un est√≠mulo herir el sistema nervioso de los componentes multitudinarios. Por ello son los individuos que obedecen ciegamente a las contingencias de una m√©dula espinal hipersensibilizada, como observ√≥ Le Bon, aqu√©llos m√°s propensos a ser arrastrados por la multitud:

 

 

‚ÄúConstituyen los principales n√ļcleos de la multitud: los sensitivos, los neur√≥ticos, los individuos cuyos nervios s√≥lo necesitan que la sensaci√≥n les roce apenas la superficie, para vibrar en un prolongado gemido de dolor o en la vigorosa impulsividad, que es la caracter√≠stica de todas las muchedumbres.‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 29, cursiva en fuente).

 

 

Continuando con su bosquejo fisonómico, y en la línea directa de su colega europeo, el doctor Ramos Mejía, partiendo del tópico precedentemente citado, desemboca en forma directa en el esperado símil leboneano, largamente perecedero en el discurso intelectual por venir. El especialista argentino dice entonces que las multitudes son siempre…

 

 

‚Äúimpresionables y veleidosas como las mujeres apasionadas, puro inconsciente; fogosas, pero llenas de luz fugaz; amantes ante todo de la sensaci√≥n violenta, del color vivo, de la m√ļsica ruidosa, del hombre bello y de las grandes estatuas; porque la multitud es sensual, arrebatada y llena de lujuria para el placer de los sentidos. No raciocina, siente. Es poco inteligente, razona mal, pero imagina mucho y deforme; todo lo quiere grande, ampuloso, porque vive en un perpetuo gongorismo moral, ampliando y magnific√°ndolo todo en proporciones megaloman√≠acas‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 29-30, cursiva en fuente). (27)

 

 

Los componentes org√°nicos m√°s conspicuos han quedado, pues, se√Īalados claramente: cierta compartida estructura cerebral; una analog√≠a fisiol√≥gica con centro en los sistemas nervioso, muscular y circulatorio; la facilidad asombrosa para el contagio y el mimetismo autom√°tico; el gusto grueso y la propensi√≥n a la exageraci√≥n; y un matiz a√ļn m√°s peyorativo que el que indican todos los anteriores: una cierta cualidad marcadamente femenil que, seg√ļn Ramos Mej√≠a, es posible observar en las mujeres de sensuales necesidades tangibles (porque no abstraen), que persiguen los objetos que hieren los sentidos ‚Äď‚Äúsiempre alborotados‚ÄĚ‚Äď con plasticidad vulgar. (28)

 

 

Sensibilidad refleja impresionable y fotogénica

 

Con ligeras pero sugestivas variaciones, estos rasgos sustanciales sostendr√°n, a lo largo del volumen, el minucioso examen cronol√≥gico de las muchedumbres vern√°culas en las diferentes edades de su evoluci√≥n como grupo. En todos los casos, los trazos que se han se√Īalado volver√°n para expandirse en ejemplos que tomar√°n de su claridad gr√°fica toda su fuerza seductora y explicativa. Las multitudes de la Colonia, por ejemplo, poseen tanto de b√°rbaras cuanto de contumaces, porque ‚Äďbrutales‚Äď tienen adormilada la inteligencia pero despiertos y en movimiento sus centros neurolocomotores. De una musculatura bien ejercitada, e inmunizadas ante el dolor por la analgesia y la narcosis propia de los seres primitivos, estas muchedumbres se agitan en rebeld√≠as pueriles que crecen por contagio epid√©mico, o expanden sus l√≠mites espaciales como la mancha de aceite sobre una superficie llana (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 36-39). Femeninamente noveleras y supersticiosas, propensas a exaltar f√°cilmente su imaginaci√≥n, s√≥lo necesitan, como la amorce, la acci√≥n de un detonador que, en sincr√≥nica conmoci√≥n, provoque la consabida reacci√≥n en cadena:

 

 

‚ÄúUn cartucho de dinamita provocado a estallar por medio de una amorce de fulminato, hace saltar los cartuchos vecinos, no s√≥lo al contacto y por choque directo, sino tambi√©n a distancia; se puede as√≠ hacer explotar un n√ļmero infinito de cartuchos dispuestos siguiendo una curva regular. Champion y Pellet han dado de este fen√≥meno una explicaci√≥n, para la que han tenido que crear la teor√≠a que llaman de las vibraciones sincr√≥nicas, seg√ļn la cual, la causa de la detonaci√≥n por influencia, reside en el sincronismo entre las vibraciones producidas por el cuerpo que provoca la detonaci√≥n, y las que producir√≠a al detonar el primero, lo mismo que una cuerda de viol√≠n resuena al un√≠sono con otra semejante que vibra a la distancia‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 51, cursivas en fuente).

 

 

Como pulsar una cuerda que vibre de un modo acorde con sus cong√©neres, o generar la onda explosiva que describe Berthelot, y seg√ļn la cual el movimiento ondulatorio se transmite por impulsiones f√≠sico-qu√≠micas entre materias constitutivamente an√°logas, la naturaleza de la multitud, seg√ļn los s√≠miles servidos por el autor, es siempre ‚Äúemocionable y detonadora.‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 51).

 

La interminable colecci√≥n de tropos con que Ramos Mej√≠a maniobra y matiza su pericia en la descripci√≥n estesiol√≥gica del comportamiento multitudinario incluye, importada desde la f√≠sica, una analog√≠a que resulta todav√≠a hoy fascinadora al inter√©s del lector contempor√°neo. Como cuando las nubes anuncian la tormenta, nos dice, ‚Äúse ve moverse a la multitud nerviosamente‚ÄĚ, vibrando en el aire hasta ganar el horizonte, y formando ‚Äútorbellinos que amenazan con arrastrarlo todo‚ÄĚ. Cuando, con ‚Äúmanos huracanadas‚ÄĚ, se desata por fin su poderosa fuerza expansiva, despide su motilidad l√≠neas el√©ctricas y magn√©ticas, fluidos que se diseminan en el espacio y que el m√©dico argentino anhela alg√ļn d√≠a medir con un resonador an√°logo al de Hertz. Apelando intertextualmente a las leyes que describen la circulaci√≥n de la energ√≠a, este tramo encendido del estudio procura explicar el comportamiento del sistema nervioso de las masas, espej√°ndolo en el flujo el√©ctrico cont√≠nuo que se conduce volando por el √©ter. El contagio es aqu√≠ entonces motorizado por la chispa que, por peque√Ī√≠simas corrientes circulares, va engendrando ‚Äďalada‚Äď el im√°n colectivo (29). O con las f√≥rmulas de Taine: considerando un medio dado, tomando en cuenta tanto las circunstancias estimulantes del momento cuanto la plasticidad de los participantes (componentes de la raza), la sensibilidad de la muchedumbre se potencia como excelente conductora dando lugar a fen√≥menos de atracci√≥n, difusi√≥n y transformaci√≥n de las emociones:

 

 

‚ÄúLa multitud (‚Ķ) es, m√°s bien, el conjunto de individuos en quienes la sensibilidad refleja supera a la inteligencia y que en virtud de esa disposici√≥n especial se atraen rec√≠procamente con mayor fuerza de asociaci√≥n, como dir√≠a Gall, que los que con mejor control cerebral resisten a ella por predominio del razonamiento. Como a mayor sensibilidad corresponde mayor plasticidad, la impresi√≥n es m√°s intensa y uniforme, m√°s f√°cilmente difundible y transformativa, porque faltan las facultades cr√≠ticas que someten la impresi√≥n a una lenta y met√≥dica elaboraci√≥n superior. Basta que sea levemente rozada la sensibilidad para que la reacci√≥n r√°pidamente se produzca y se propague fuera, porque en ellos el arco reflejo no tiene que pasar por los elevados aparatos de la inteligencia que enfr√≠an y retardan la vuelta centr√≠fuga‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 99, cursivas en fuente). (30)

 

 

Dos figuras algo vecinas entre s√≠ completan la descripci√≥n del ‚Äúcomplicado mecanismo de [su] cerebral relojer√≠a‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 118). Los miembros de una multitud nunca son ap√°ticos ni apagados, seg√ļn nuestro especialista. Son, m√°s bien, sumamente impresionables, en el sentido fotogr√°fico del vocablo y del proceso en que la luz, por reacci√≥n qu√≠mica, recibe los est√≠mulos del exterior y, en virtud de una especial susceptibilidad interna, los va estampando uno a uno en su placa org√°nica: se trata de...

 

 

‚Äútemperamentos an√°logos a la sensible placa fotogr√°fica que va fijando, a medida que los recibe, los detalles de un objeto. En virtud de ser todo √≥rgano de percepci√≥n, y de nula o mediocre intelectualizaci√≥n, van recibiendo en el turbio inconsciente, uno a uno, los detalles de una de esas grandes ideas que a ellos llega en forma de vago sentimiento‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 100, cursivas del original).

 

 

No es cuestión de inteligencia, sólo de sensibilidad (instintiva), en la acepción que nos presta el siguiente tropo, vinculado, también él, a la fotogenia:

 

 

‚ÄúHar√© m√°s claro mi pensamiento diciendo que reciben el est√≠mulo de la luz como las larvas de d√≠pteros en que experimentaba Pouchet, o como los quil√≥podos ciegos de Plateau, que sin tener ni aun rastros de un aparato visual, todo su cuerpo se siente herido por ella reaccionando inconsciente, pero vivamente. Hay algo, digo mal, hay mucho de animal en esa secreta obediencia de la multitud que en virtud de la ya notada disposici√≥n mental, se hace apta para verificar ciertas funciones, sin haberlas aprendido y sin que el entendimiento pueda guiarla en el camino‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 100).

 

 

La mise en scène del meneur: cuerpo actoral, toilette y draperie

 

Porque es fundamentalmente nerviosa, la muchedumbre ‚Äúprocede por impresiones y reflejos‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 55-56). Permeable a la recepci√≥n de las modulaciones exteriores, una descripci√≥n anat√≥mica que estudiara los √≥rganos sensoriales y el mecanismo de generaci√≥n de las sensaciones, no podr√≠a prescindir de la biolog√≠a que la describe. Cuando el doctor Ramos Mej√≠a refiere la actuaci√≥n de las primeras multitudes de la emancipaci√≥n, que entraron en escena para las invasiones inglesas de los a√Īos 1806 y 1807, entonces parece echarse a andar en el texto toda una compleja estesiolog√≠a aplicada a sus conductas sanguinarias (31). Embravecida por el olor de la p√≥lvora, cebada por la sangre y el placer de la matanza en medio de la alegr√≠a ruidosa y desordenada de la contienda, la multitud de la Reconquista, presa siempre de enfebrecido entusiasmo, es descripta en p√°ginas que trasuntan un paroxismo lleno de excesos bestiales impulsivos, atenaceados por una variada gama de est√≠mulos sensibles que laceran un sistema nervioso exacerbado. (32)

 

La cenestesia caracter√≠stica del hombre objeto de la multitud da cuenta entonces de una constituci√≥n ps√≠quica propicia a todas las incitaciones y en estado de alerta permanente. Una suerte de ‚Äúinminencia de multitud‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 101) que gravita en la base de su alma, ante el m√°s leve rumor o la emoci√≥n m√°s insignificante, activa una cadena refleja camino al sensorium (33), que describe un estado patol√≥gico proclive a ser gobernado por las sensaciones y nunca por el intelecto. Este √ļltimo aspecto constituye la piedra de toque que resguarda de volverse masa al autor del tratado y a su clase de procedencia. Sumamente enfatizado en el cuerpo de su trabajo, a juzgar por la multiplicaci√≥n de las menciones, su obstinaci√≥n textual nunca parece resultar suficiente. Es el eslab√≥n, en efecto, que conecta el temperamento multitudinario con la aparici√≥n en escena del tirano agitador de la mazorca, √©se que tambi√©n ha desafiado la inteligencia cr√≠tica de este intelectual mecido en cuna de familia unitaria.

 

Cuando Ramos Mej√≠a verifica la acci√≥n del meneur, y sobre todo cuando lo hace trazando los rasgos propios de las montoneras y de la figura ‚Äúactoral‚ÄĚ del Restaurador, el at√°xico cuadro patol√≥gico de las multitudes argentinas completa por fin su estesiolog√≠a. El darwinismo social que circula por estos pasajes se vuelve entonces m√°s que evidente. Las lep√≥ridas montoneras de la pampa y del litoral ser√°n entonces el caldo de cultivo de la aborrecida tiran√≠a de Rosas, ‚Äúla m√°s genuina expresi√≥n de esa surabondance d‚Äô√©nergie‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 185). Ramos Mej√≠a presenta el medio en que una selecci√≥n natural, con las contingencias de un ‚Äúalma medular‚ÄĚ y una ‚Äúvida infracortical‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 164), conduce a la idolatr√≠a del m√°s apto, esto es, a la celebraci√≥n del m√°s gaucho, a la fascinaci√≥n por el m√°s varonil o al fanatismo sensible hacia el jinete m√°s diestro. Todo comienza por lo que, en t√©rminos teatrales, ser√≠a la construcci√≥n de una presencia esc√©nica y el concierto de los aditamentos que la sostienen.

 

Tambi√©n en este aspecto hacen su celebrada rentr√©e algunas ideas leboneanas. El sortilegio multitudinario que despide la figura de Rosas, gracias a sus poderos√≠simos est√≠mulos de cu√Īo visual, encabeza el elenco en orden de importancia. Lo dem√°s est√° compuesto de las frases y de las proclamas efectistas de su escribano (ese ‚Äútramoyista de la comedia cuyo brazo no se percibe por los espectadores‚ÄĚ [Ramos Mej√≠a, 1899, p. 169]) (34), de la fijaci√≥n y puesta a punto del dispositivo de la iteraci√≥n condicionada (35), y del infaltable mecanismo de retorno energ√©tico que se tiende desde la multitud al caudillo-‚Äúint√©rprete‚ÄĚ, y desde √©ste a la multitud-‚Äúauditorio‚ÄĚ:

 

 

‚ÄúDir√≠ase tal vez que doy demasiada influencia al f√≠sico y a las cosas de pura impresi√≥n sensorial, como elemento de sugesti√≥n, pero la verdad es que en la psicolog√≠a colectiva ese factor es indudablemente de trascendental importancia. Las palabras cabal√≠sticas o misteriosas, las frases ruidosas, los colores vivos y los sonidos de armon√≠a imitativa, en una palabra, todo lo que sea materializaci√≥n grandiosa de una idea, un sentimiento o un instinto, es de una viabilidad sorprendente en la imaginaci√≥n artera de las muchedumbres meridionales‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 194-195).

 

 

En este punto, la equivalencia de los hechos descriptos con los avatares de la escena teatral, ya transitada por el ensayo argentino con an√°loga frecuencia simb√≥lica por lo menos desde el Facundo, cobra en el estudio de Ramos Mej√≠a un protagonismo textual de verdad excluyente. Rosas se ha vuelto un int√©rprete planificado, y sus apariciones p√ļblicas, cual actuaciones, son concebidas en t√©rminos de estudiadas maniobras actorales. Su ensayada partitura vocal y corporal lo presenta en una mise en sc√®ne toda vez exagerada en sus gesticulaciones, dirigida a la gruesa digesti√≥n sensible de la chusma montonera. ‚ÄúJuguete de las excitaciones exteriores‚ÄĚ, como dir√≠a Le Bon, el hombre de la campa√Īa, vuelto acaso el primer espectador vern√°culo mayoritario, aguza entonces sus sentidos para recibir con vivas y ovaciones al Restaurador, esmaltado, como √©l, en una est√©tica lo m√°s pr√≥xima que imagin√°semos al gusto kitsh, avant la l√©ttre:

 

 

‚ÄúY debi√≥ ser de un efecto realmente teatral en su imaginaci√≥n llena de calor, la apostura estatuaria del gran histri√≥n, caballero en sus magn√≠ficos corceles de sangre ind√≠gena y elegidos con hermen√©utica impresionista; la cara ligeramente tostada‚Ķ los ojos claros, bell√≠simos, pero de una mirada penetrante e inquisidora, resaltando vivamente bajo la sombra suave de unas arcadas superciliares prominentes, como las del Apolo del Belvedere. Rosas responde a los ¬°vivas! del populacho sac√°ndose el sombrero apuntado con movimiento de una circunspecci√≥n teatral, dejando el mayor tiempo posible su cabeza, de buena configuraci√≥n romana, descubierta, como para dar lugar a que la muchedumbre y las mujeres le tributen toda la admiraci√≥n que √©l cre√≠a merecer, porque era vano y muy pagado de sus exterioridades de macho. Montaba a caballo como ninguno de los jinetes conocidos de la √©poca, y como su cuerpo, de una curvadura tor√°cica irreprochable, no hab√≠a perdido todav√≠a sus formas‚Ķ se destacaba como una aparici√≥n sobre el lomo flexible del caballo‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 193).

 

 

‚ÄúIdeal dram√°tico y f√≠sicamente emocionante‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 196) a que aspiraban las muchedumbres, contin√ļa dici√©ndonos el autor, el Restaurador, criado a mitad de camino entre la ciudad y la campa√Īa, completa su estampa p√ļblica, como las multitudes a las cuales se dirige, con las usuales pr√°cticas esc√©nicas del ‚Äúmaquillaje‚ÄĚ y del ‚Äúvestuario‚ÄĚ teatral: las cauciones impuestas por la toilette y el esmero aplicado a la draperie. Cuidado corporal, meticulosidad por la higiene y ‚Äúestatura realzada por aquella habilidosa distribuci√≥n de gestos, de actitudes y de la draperie alternativa de campesino pat√°n o de general√≠simo y conquistador del desierto con que presentaba a la multitud su cuerpo de tan vastas y bellas proporciones‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 194), constituyen estrategias que tambi√©n la turba gusta replicar de las que observa en los p√°jaros del aire y en las alima√Īas que asilan los montes:

 

 

“En los insectos, el principio de coloración, destinada a facilitar el reconocimiento y a aterrorizar al enemigo, ha debido contribuir para producir la sorprendente diversidad de colores y manchas que notamos en ellos y que facilitan su propósito. Multitud de animales, como los insectos, toman formas, actividades y movimientos especiales, adoptan sonidos estridentes y olores particulares, para intimidar al enemigo o reconocerse, para distinguirse las especies aliadas, las unas de las otras.

Las vagabundas multitudes eran como aqu√©llos, hijas de la naturaleza agreste y ruda, que las hab√≠a ‚Äďdir√© as√≠‚Äď amamantado, por lo que se complac√≠an en imitarla y en descender hasta ella, con cierto placentero amor filial. Sus recursos asemej√°banse a los de las aves de rapi√Īa, a los de los insectos que acabamos de recordar, al resto de la animalidad inculta en cuya comunidad viv√≠an retozando. Adoptaban sus colores m√°s vivos para reconocerse en el entrevero y en la noche; tomaban sus gritos y sus interjecciones guturales para intimidar, y a veces, hasta semejaban determinados animales cuyos h√°bitos y particularidades conoc√≠an como el m√°s consumado zo√≥logo‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 184-185).

 

 

Ante semejante cuadro de barbarie, reflejado más tarde en los especímenes arrimados a estas costas por la marea inmigratoria, el tratadista no puede contener más tiempo los términos de su reacción:

 

 

‚ÄúCuando veo a todas esas turbas desfilar r√°pidamente por el campo de la visi√≥n mental, evocadas por las descripciones vivaces que nos han dejado escritores artistas, se me representan, m√°s que las luchas sangrientas de otras √©pocas de la historia, los combates que entre los cuadr√ļpedos y las aves en las √©pocas del celo nos han descrito Darwin, Romanes y ese interesante de Leroy, el cantor optimista de las aptitudes animales‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 184, cursiva en el original).

 

 

Despu√©s de desandar su impresionante recorrido por la vida activ√≠sima de las muchedumbres aut√≥ctonas, sorprenden al lector las palabras iniciales de esta cita: que nuestro autor haya visto √ļnicamente como producto de su fantas√≠a desfilar a las enormes turbas, o que s√≥lo la apacible intermediaci√≥n de un libro le haya deparado a su intelecto un panorama tan diverso, plet√≥rico en im√°genes de √≠ndole metaf√≥rica. Cuando puede conjeturarse sin error que las contingencias de su propio tiempo contribuyeron con suficiencia a ofrecerle una impresi√≥n bien delimitada de una multitud, al menos lo bastante pr√≥xima a aqu√©llas pese a su versi√≥n ya modernizada, extra√Īa un tanto que el tratadista contin√ļe apelando firmemente a la tradici√≥n libresca antes que inclinarse a aceptar el testimonio directo de sus propios sentidos de observador. Aunque si se piensa en la confortable quietud de la que con seguridad no adolec√≠a su propio gabinete de trabajo ‚Äďinmerso en la soledad de una escritura sosegada, contenida apenas por el adem√°n corriente en procura del volumen imperioso en los escaparates de la biblioteca (todos signos inequ√≠vocos de una formaci√≥n acad√©mica producto indiscutible de su posici√≥n de clase) ‚Äď, es comprensible que el doctor Ramos Mej√≠a prefiriera estar todo lo resguardado que imaginarse pueda de la influencia a todas luces inquietante de fieros ‚Äúbicharracos‚ÄĚ y multitudes argentinas: pasados y venideros.¬†¬†

 

 

‚ÄúNarices chatas‚ÄĚ, ‚Äúorejas grandes‚ÄĚ y ‚Äúlabios gruesos‚ÄĚ: para una estesiolog√≠a del reba√Īo urbano

 

 

 

‚ÄúLa conocida comparaci√≥n de la capital con el cerebro, es vulgar por lo mismo que es tan exacta. Todas las sensaciones e impresiones vienen a ella por el conducto de sus nervios afluentes conocidos. Va a ser √©ste el centro cinest√©sico de todo el ser pol√≠tico, de todo el conjunto de las funciones vitales, la vaga conciencia de todo l‚Äôinsieme como dir√≠a Sergi. Centro de intelectualizaci√≥n de las obscuras impresiones de cada punto, y √≥rgano de reflexi√≥n que devuelve, transformados en movimiento, luz, ideas y voliciones, las sensaciones que por el correo, el tel√©grafo y la prensa, especie de encrucijada de la c√°psula interna, se distribuye por todo el territorio‚ÄĚ.

 

José María Ramos Mejía, Las multitudes argentinas (1899). (36)

 

 

Como es sabido, los dos cap√≠tulos finales del libro de Ramos est√°n enteramente dedicados a las multitudes de los tiempos modernos, instaladas en Buenos Aires con las oleadas inmigratorias y los desplazamientos internos que siguieron a las mismas. Grotescas agrupaciones humanas ante las que el autor apenas si puede contener parte del recelo que abriga por sus estrafalarios componentes, estos nuevos grupos (que no son exactamente multitudes para √©l), otorgar√°n una fisonom√≠a ‚Äúfenicia‚ÄĚ a la ciudad que habita el publicista, atentando sustancialmente, mal que le pese, contra la constituci√≥n fisiol√≥gica de la naci√≥n misma, cuya ciudad capital ‚Äďcual centro cenest√©sico del pa√≠s‚Äď se explica con la ‚Äútan exacta‚ÄĚ comparaci√≥n del cerebro que regula la conciencia y las funciones vitales. Su estesiolog√≠a superior se hallar√° tambi√©n bajo amenaza como consecuencia del borramiento paulatino de los viejos rasgos patricios, de pura cepa criolla (37), eminentemente representados por los hombres cerebrales de la clase a la que Ramos Mej√≠a inclina su adscripci√≥n, capaces tambi√©n de alimentar con sus ideas ese alto centro intelectual de formulaciones complejas, y de distribuir como nervios sus patrones ‚Äďpor medio de los apreciables √≥rganos modernos de la prensa, el correo y el tel√©grafo‚Äď hacia las clases advenedizas de cerebraci√≥n inferior, enormemente distantes del estado de que goza la capital neurol√≥gica porte√Īa.

 

Todo lo preeminentemente f√≠sico y corporal resulta enfatizado para regular el temperamento de las nuevas masas. Esta peculiar anatom√≠a se explica en parte por tratarse de grupos cuyos integrantes, en la escala biol√≥gica, descienden en forma directa de los patrones gen√©ticos caracter√≠sticos que animaron a los componentes de las multitudes de la Colonia, la emancipaci√≥n y de las tiran√≠as. Ser√° parcialmente esa multitud de barbarie rural, ‚Äúexuberante de sangre oxigenada, de m√ļsculos espesos de troglodita, de nervios v√≠rgenes y excitables‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, 202), la que venga a integrarse a otras oleadas an√°logas para conformar, ante los ojos naturalmente aprensivos de Ramos Mej√≠a, esa nueva sociedad h√≠brida, de patrones de gusto tan inconciliables, que pod√≠a llevar ‚Äúla galera y vest[ir] la casaca de la sastrer√≠a ciudadana, al mismo tiempo que la bota de potro y el chirip√°‚ÄĚ. ‚ÄúUna sirena simb√≥lica‚ÄĚ ‚Äďcontin√ļa diciendo Ramos Mej√≠a‚Äď ‚Äúmitad gente, mitad animal‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 202, cursivas del original).

 

Para hablar de ellas, y como era esperable, reaparecen en la ret√≥rica del texto los tropos elaborados y transitados con antelaci√≥n. El ordenado repertorio que forman los mismos, casi como una inventio cl√°sica, confluyen, como ya hemos visto, a vertebrar su compleja estesiolog√≠a. La carga explosiva, la apelaci√≥n a los sistemas de regulaci√≥n corporal, la generosa constituci√≥n anat√≥mica, la proferencia de sonidos energ√©ticos y huracanados, la primac√≠a del sentimiento sobre la raz√≥n, se encuentran reunidos de un modo √ļnico en este notable pasaje:

 

 

‚ÄúEs que casi siempre fueron la explosi√≥n de la vida en lo que tiene de m√°s vigoroso y primitivo; parec√≠a representar el estallido de la reacci√≥n muscular y del predominio del aparato circulatorio, con arterias como ca√Īos de bronce, en que circulaba la sangre con los ruidos y fl√ļidos vitales que arrastra ese Paran√° del torso colosal que acabamos de mencionar. Esos b√°rbaros deb√≠an tener patas colosales como los megaterios, y la mano como la garra del troglodita; tra√≠an en la voz el relincho del bagual, en el brazo, reminiscencias de la osamenta de un abolengo cicl√≥peo, y cuando re√≠an o blasfemaban, resonaba el amplio t√≥rax como batido por vibraciones de una laringe acostumbrada a las interjecciones violentas, porque pose√≠an notas que semejaban r√°fagas de hurac√°n. No trajeron colaboraci√≥n intelectual a la civilizaci√≥n argentina, sino puramente f√≠sica; representaron la resurrecci√≥n de la salud corporal, que da tambi√©n fresco ambiente al esp√≠ritu, fibra a la voluntad y calor al sentimiento, cuando la civilizaci√≥n urbana sabe aprovecharla transform√°ndola por sus medios conocidos. Su funci√≥n parece m√°s bien biol√≥gica que pol√≠tica‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 204).

 

 

Entre los ‚Äúmedios conocidos‚ÄĚ con que el autor perseguir√° la mejora de los exponentes de estas fuerzas, que desde el interior y el litoral del pa√≠s convergen hacia el gran pulm√≥n oxigenador de la capital, revista el sistema educativo como uno de los organismos mandado por los representantes del Estado para ejercer el necesario ‚Äúcincelado‚ÄĚ y ‚Äúpulimento‚ÄĚ de los cuerpos, m√°xime cuando a los grupos mencionados hasta aqu√≠ venga a adicionarse en tropel la presencia temible del inmigrante.

 

Para este √ļltimo caso, tambi√©n una filogenia social, directamente proporcional a la tabla evolucionista que describe la transformaci√≥n biol√≥gica de los peces en mam√≠feros, tendr√° que ser aplicable ‚Äďpor la acci√≥n clasificatoria del sistema de educaci√≥n‚Äď a una conversi√≥n ciudadana tan desafiante como aquella transformaci√≥n natural. La tarea que le espera al nuevo sistema de impartici√≥n escolar tendr√° que direccionar sus suministros hacia la gruesa sensibilidad del educando, buscando despertar de su letargo la actividad cerebral adormecida por la incuria. Toda la parafernalia de la medicina mental confluye en la caracterizaci√≥n del nuevo ‚Äúalumno tipo‚ÄĚ que, como escapado de una colecci√≥n de piezas ilustrativas de las ciencias naturales o de una estampa museol√≥gica del doctor Florentino Ameghino, campea en este fragmento textual cargado de juicios intransigentes:

 

 

‚ÄúCualquier craneota inmediato es m√°s inteligente que el inmigrante reci√©n desembarcado en nuestra playa. Es algo amorfo, yo dir√≠a celular, en el sentido de su completo alejamiento de todo lo que es mediano progreso en la organizaci√≥n mental. Es un cerebro lento, como el del buey a cuyo lado ha vivido; miope en la agudeza ps√≠quica, de torpe y obtuso o√≠do en todo lo que se refiere a la espont√°nea y f√°cil adquisici√≥n de im√°genes por la v√≠a del gran sentido cerebral. ¬°Qu√© obscuridad de percepci√≥n, qu√© torpeza para transmitir la m√°s elemental sensaci√≥n a trav√©s de esa piel que recuerda la del paquidermo en sus dificultades de conductor fisiol√≥gico!‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 208, cursiva en fuente).

 

 

Como parte de sus labores m√©dicas ordinarias frente a las epidemias regulares que asolaban a los habitantes de la urbe, Ramos Mej√≠a comparte con el lector una ins√≥lita experiencia de psicolog√≠a desarrollada entre los hu√©spedes del Asilo de Inmigrantes. Aplicando procedimientos de campo de matriz conductista (‚Äúel m√©todo sencillo de las m√°s peque√Īas diferencias perceptibles o de los casos verdaderos o falsos‚ÄĚ), y despu√©s de examinar a una buena porci√≥n de asilados, ante el panorama desolador compuesto al parecer de exiguas reacciones, el facultativo concluye que el recienvenido ‚Äúno siente como nosotros‚ÄĚ porque su estado ps√≠quico es ‚Äúlarval y crepuscular‚ÄĚ, y su mecanismo psicol√≥gico, ‚Äúlento e intermitente‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 208-209, cursivas en la fuente). Para su grueso sistema nervioso, producto de una morfolog√≠a org√°nica sobre la que no ha osado posarse todav√≠a la mano civilizadora del medio y la cultura, Ramos Mej√≠a enumera las antenas sensoriales externas que representativamente acompa√Īan a una gran proporci√≥n de los pacientes examinados: ‚Äúnarices chatas, orejas grandes y labios gruesos‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 214).

 

Partiendo de esta particular cenestesia, el arduo camino que queda por transitar hacia la consecuci√≥n de la raza nueva, implica intervenir en la plasticidad probadamente d√≥cil y absorbente del inmigrante, operando en lo hereditario un proceso de modificaciones apurado por la selecci√≥n natural que ejerce el medio. Sobre todo para los representantes de la primera generaci√≥n, portadores de una sensibilidad todav√≠a muy exacerbada, la acci√≥n del entorno ‚Äďun poco buc√≥lico, y otro poco ya modernizado ‚Äď arranca a sus exponentes de su natural estado vegetativo, y prepara el terreno para la posterior acci√≥n de la p√°tina artificial que suministra la cultura:

 

 

‚ÄúPero el medio opera maravillas en la pl√°stica mansedumbre de su cerebro casi virgen. La luz de este cielo despierta la dormida actividad de las im√°genes visuales; el ruido primero y el sonido despu√©s, el color variado, las formas multiplicadas de las cosas, y esa secreta inclinaci√≥n y competencia elemental de la raza por ‚Ķ las artes manuales y dom√©sticas que dan de comer y facilitan la vida, concurren a ese fin. Despi√©rtalo la locomotora pujante que resoplando arrastra la prolongada cola de sus anillos de vagones interminables ‚Ķ; despi√©rtalo el ruido de las calles, el bullicio de las industrias, los gritos alegres de los ni√Īos que brotan en los patios de los conventillos como el ma√≠z en la tierra lujuriosa; finalmente ‚Ķ aquella nuestra sin igual llanura, sin sombras, como sus melanc√≥licos y remotos horizontes, cubierta de trigales y de verdes maizales como no se los imagin√≥ ‚Ķ ese pat√°n, tan fecundo bajo el sol, dentro de este aire, sobre el inmenso r√≠o patrio, mansamente rugiente en su largo trayecto‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p 209, cursivas en fuente). (38)

 

 

S√≥lo a costa de un largo proceso de asimilaci√≥n de las circunstancias ambientes, en la diversidad de entornos que ofrece para experimentar la gran naci√≥n, se favorece poco a poco el trabajo con la cerebraci√≥n superior. El argentino del futuro, primer exponente nativo producto de la inmigraci√≥n, superando el entorno rural de tierra h√ļmeda que ‚Äúle [ha] dicho muchas cosas al o√≠do‚ÄĚ al padre extranjero (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 213), ha ganado ya el espacio urbanizado por excelencia: la calle, pr√≥diga en est√≠mulos que empujan hacia nuevos refinamientos y correcciones, pulimenta sus aristas mal moldeadas, cincela los engrosamientos residuales e incentiva en los hijos la actividad intelectual profundamente anestesiada en sus progenitores:

 

 

‚Äúel argentino del futuro vive m√°s en la calle que en ninguna otra ciudad del mundo donde generalmente la infancia est√° disciplinada. Ni√Īo, apenas destetado, no sale de la puerta y de la acera, cuya propiedad disputa al transe√ļnte, y cuando ya puede manejarse solo, la plaza y la puerta de los espect√°culos y de las colmadas escuelas del Estado en la errante deambulaci√≥n de su alegre vagancia. Es el sistema nervioso que al d√≠a recibe y asimila mayor n√ļmero de impresiones, el que m√°s pronto y m√°s intensamente experimenta la repercusi√≥n del menor incidente p√ļblico. Por consecuencia, su cerebro es m√°s fustigado, m√°s estimulado, y como el cerebro del ni√Īo no recibe sino lo que puede, lo que aleja los peligros del‚Ķ surmenage escolar, es m√°s precoz su desarrollo que el de los ni√Īos del hogar acomodado‚Ķ Eso explica, probablemente, su superioridad en todos los ejercicios de la escuela y la facilidad con que el observador ve desenvolverse lentamente el sentimiento de la patria, que en la futura generaci√≥n ser√° m√°s completo‚ÄĚ. (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 213-214, cursivas en fuente). (39)

 

 

Las narices se estilizan, las orejas ingresan a los patrones proporcionales previstos por la norma, los labios acusan a su turno su propio refinamiento estético. La actividad cerebral superior, que tanto preocupará a los primeros representantes de la naciente psicología argentina, ha escapado por fin a la influencia ancilar del <>.

 

 

Histeria: hipnotismo y sugestión

 

‚ÄúParece que en estos estados de violenta excitaci√≥n por que suele atravesar la multitud din√°mica pasara algo an√°logo al sonambulismo de la histeria. Observa Sollier, que en las grandes hist√©ricas que uno somete al aislamiento en un establecimiento de sanidad, se comprueba con frecuencia el olvido r√°pido de las dram√°ticas circunstancias de la entrada, ruidosa, agitada y emocionante casi siempre ‚Ķ. Bajo la influencia de este cambio de medio, de esta viva reacci√≥n, entran en una existencia ps√≠quica nueva, que borra el recuerdo de la antigua, y cuanto m√°s pronunciadas son las modificaciones del estado hist√©rico, m√°s marcada es la amnesia‚ÄĚ.

 

José María Ramos Mejía, Las multitudes argentinas. (40)

 

 

En una √©poca que, como ha estudiado Hugo Vezzetti (cfr. 1988 y 1996), digiere con alguna dificultad el grueso de las contribuciones cient√≠ficas que los m√°s eminentes fren√≥logos dan a conocer en sus intervenciones para los diversos ateneos europeos, o que se encuentra permeando lentamente las ideas freudianas que trasuntan sus primeros escritos, el Ingenieros al que un amplio margen temporal separa todav√≠a de la preparaci√≥n de El hombre mediocre, en su puesto de psicolog√≠a cl√≠nica con sede en el Hospital San Roque, est√° sumamente interesado por seguir, y por apoyar con sus propias experiencias hospitalarias, los t√©rminos doctrinarios de ese debate cient√≠fico en plena ebullici√≥n. Los accidentes nerviosos lo inquietan tanto como a sus maestros for√°neos; el resultado terap√©utico de las maniobras por hipnotismo y sugesti√≥n ‚Äďque Gustave Le Bon y Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a hab√≠an sindicado en estrecha relaci√≥n con el temperamento impresionable de las masas‚Äď lo conducen a encauzar sus desvelos desde el campo de la medicina mental hacia el territorio algo incierto de la psicopatolog√≠a.

 

Son los √°lgidos momentos en que asistimos al nacimiento de la psicolog√≠a en el pa√≠s, a la demarcaci√≥n de sus objetos y a la clasificaci√≥n de cuadros y procedimientos terap√©uticos. En el marco de las circunstancias de una acentuada secularizaci√≥n del campo cultural, camino a la constituci√≥n de un sujeto natural y social (Vezzetti, 1988, p. 12-13), se destaca como figura intelectual protag√≥nica, seg√ļn hemos tenido oportunidad de comprobar, la aparici√≥n del m√©dico-ensayista, un reconocido analista de su entorno inmediato, detector de patolog√≠as sociales y responsable de la salud p√ļblica urbana (41). A la vez, irrumpe lo que Hugo Vezzetti (cfr. 1978 y 1979) ha denominado el ‚Äúpersonaje psiqui√°trico‚ÄĚ, de naturaleza simuladora y de temperamento generalmente nervioso y sensitivo, a quien, dados los antecedentes textuales que hemos recorrido, podemos conectar sin equ√≠vocos con los h√°bitos de los protagonistas colocados en los polos opuestos de la pr√°ctica esc√©nica: el int√©rprete igualmente simulador y el auditorio de gusto grueso ‚Äúsugestionado‚ÄĚ por el uso de una fisiogn√≥mica exagerada.

 

Disciplina en trances de formación y tecnología aplicada sobre la realidad socio-cultural, la nueva práctica científica y sus ejecutantes, el médico (ensayista) y el paciente, darán lugar a un amplio margen de experiencias que dedicarán considerable atención a la dimensión fisiológica de los procesos psíquicos, atendiendo al nexo entre los órganos de los sentidos y las funciones cerebrales, que luego trasladarán como síntoma y elemento de análisis para dar cuenta premeditada del grueso del estrato social local. La patología clínica de la simulación en los alienados se instala como punto candente de debate. La neurobiología y la criminología elaboran todo un repertorio teratológico de tipos sociales peligrosos. A su turno, el derecho recoge también esas taxonomías de cosmovisión y resonancias positivistas, y a la vez es comprensible que hasta el campo literario comience a mostrarse refractario a los tópicos psiquiátricos y los evidencie en sus géneros, en sus temas y en sus personajes (42). Entre el repertorio desplegado por el discurso del alienismo, asistido de cerca por la práctica higiénica de la época, prevalece básicamente el conocimiento del cuadro histérico y también el del correspondiente a las manifestaciones de la neurosis. En el campo abierto por los desafíos científicos impuestos por estas patologías la presencia de Ingenieros distará mucho de mantenerse inactiva.

 

En un art√≠culo pionero de 1904, ‚ÄúLos accidentes hist√©ricos y las sugestiones terap√©uticas‚ÄĚ, que, con algunas sensibles modificaciones, aparecer√° m√°s tarde como Histeria y sugesti√≥n, Jos√© Ingenieros pasa revista a la evoluci√≥n de las concepciones cient√≠ficas (y pseudo cient√≠ficas) de la √©poca, ligadas a la terapia hipn√≥tica y a la condici√≥n sugestionable (la llamada sugestibilidad) del individuo. El texto, que para empezar rinde tributo a la labor pionera de Charcot, rese√Īa las posiciones litigiosas de dos de las escuelas m√°s visibles de ese momento: Salp√™tri√®re y Nancy. Rechazando todas las hip√≥tesis espiritualistas y fluidistas, como las acciones din√°micas a distancia por telepsiquia, Ingenieros establece claramente que en los fen√≥menos de hipnosis y de sugesti√≥n no existe nada que caiga fuera del √°mbito de la fisiolog√≠a cerebral, que √©l y sus colegas dicen conocer con holgada suficiencia.

 

En el por momentos indeciso proceso de asimilaci√≥n de las diversas doctrinas arribadas al incipiente campo disciplinar local se advierte un pronunciado eclecticismo en la recepci√≥n tributada al pensamiento cient√≠fico de importaci√≥n. Como el eminente profesor de Nancy, Ingenieros entiende con Bernheim que el sistema nervioso del sujeto juega en la sugesti√≥n (√ļnico fen√≥meno que admiten los especialistas de esta escuela) un decisivo papel. El magnetismo, el hipnotismo, el sue√Īo sugerido, son entonces en su totalidad fen√≥menos fisiol√≥gicos que encuentran origen en la sugestibilidad, una propiedad normal del cerebro ‚Äďvariable en sus modalidades y en su intensidad seg√ļn los individuos‚Äď que Bernheim define como la ‚Äúaptitud para recibir una idea y transformarla en acto‚ÄĚ (Ingenieros, 1904, p. 103), especialmente en casos en que una presi√≥n moral se ejerce desde una persona sobre otra. En estos casos no se trata de una operaci√≥n f√≠sica, sino de la ‚Äúinfluencia que act√ļa por ideas, por intermedio de las inteligencias, de las emociones, de las voluntades‚ÄĚ (Ingenieros, 1904, p. 104-105). La palabra es la expresi√≥n m√°s frecuente de esa autoridad (aunque ya hemos visto con Ramos Mej√≠a que el componente visual tambi√©n resulta crucial en este aspecto): la orden emitida en alta voz suspende el estado cr√≠tico y la voluntad del paciente sugestionado, encendiendo a cambio el miedo, el amor, el respeto, la fascinaci√≥n, la intimidaci√≥n o la seducci√≥n. En todos, tambi√©n, y por regla general, la automatizaci√≥n (√≠bidem). Como se ve, material especulativo con el que Las multitudes argentinas ya hab√≠a anticipado su aplicaci√≥n sobre las turbas y los episodios nacionales. (43)

 

Pocos p√°rrafos despu√©s, el trabajo de Ingenieros comienza a rese√Īar las posiciones de Grasset. Atendiendo ahora a estas razones, completa la etiolog√≠a de los cuadros cl√≠nicos objeto de sus observaciones, y en las experiencias con sus propios internos confirma los postulados de ‚Äúese gran neurologista‚ÄĚ. Siguiendo de cerca las aportaciones del volumen L‚ÄôHypnotisme et la suggestion, publicado en Par√≠s en 1903, comenta su famoso boceto psicopatol√≥gico del psiquismo humano, conocido m√°s tarde como <>. Seg√ļn su hipot√©tico dise√Īo, el cerebro de un individuo se compone de dos n√ļcleos interconectados, pero que no necesariamente operan al comp√°s de un funcionamiento asociado. As√≠, una persona, bajo circunstancias bien determinadas, puede prescindir por completo del centro de la inteligencia consciente (funci√≥n ps√≠quica superior o centro O) y manejarse √ļnicamente con los componentes cerebrales del psiquismo inferior, esencialmente integrado por los n√ļcleos reflejos sensitivos y motores. El haz de estos centros sensoriales (auditivo, visual, sensibilidad general) y de transmisi√≥n neurolocomotora (kin√©tico, articulaci√≥n de la palabra y la escritura) conforman espec√≠ficamente el famoso pol√≠gono.

 

De acuerdo a estos dos niveles ps√≠quicos, y en estado fisiol√≥gico normal, explica Ingenieros, todos estos centros act√ļan de manera simult√°nea; sus actividades se intrincan y se sobreponen, asociadas en √≠ntima y compleja colaboraci√≥n. Pero en ciertos estados patol√≥gicos, y/o en individuos propensos al tr√°nsito por situaciones que suponen trastornos ps√≠quicos de diversa √≠ndole, se produce una disociaci√≥n que disgrega la actividad del pol√≠gono de la correspondiente al centro O. Cuando prima el ciego instinto o la pasi√≥n encendida, cuando la histeria o la neurosis se apoderan del individuo, cuando los hombres se automatizan o padecen sonambulismo, o cuando, entre otras contingencias, las masas ‚Äďsugestionadas‚Äď responden a un pol√≠gono emancipado de su centro O, y se entregan y obedecen al centro O del meneur hipnotizador, entonces se han vuelto presas cautivas del pol√≠gono debido a Grasset (44). Seg√ļn se ve, tampoco nada muy novedoso desde que Ramos Mej√≠a acusara la sensibilidad multitudinaria como producto de una fisiolog√≠a cerebral inferior...

 

La intensa incidencia de la labor científica foránea en el espacio de reflexión y experimentación vernáculo se proyectó dando forma al diversificado campo de la psicología argentina como la sombra reticular de una malla recorta por reflexión sus trazos lineales sobre una superficie más o menos llana. Sin embargo, y a pesar de toda su trascendencia y de lo indicativas que estas aportaciones se pretendieran, no parecieron resultar a los ojos de Ingenieros un componente dirigido a eclipsar la labor médica, especulativa y ensayística de Ramos Mejía. En la escritura del ensayo que abandonamos y en la tarea de composición de El hombre mediocre, pueden advertirse posiciones en las que el discípulo no vio impugnaciones mayores que hacer al texto canónico de Ramos sino, y antes bien, nuevos puntos de contacto y apoyo sobre los que tentar el proyecto de dar continuidad a la personal estesiología que en aquél se erigía, esto es, a una diagnosis que como sólido corset contenedor, sujetara las conductas que éste atribuiría más tarde al llamado hombre mediocre.

 

Es as√≠ como en relaci√≥n con las ideas propuestas por Charcot, por Bernheim y Grasset aparece claramente acreditada la enorme deuda que Ingenieros mantiene todav√≠a con el maestro Ramos Mej√≠a, quien para sus multitudes argentinas se hab√≠a servido con solvencia de las nociones de hipnotismo y sugesti√≥n, y hasta de las aportaciones frenol√≥gicas vinculadas a la disociaci√≥n mental entre un psiquismo superior e inferior. Bajo el sesgo novedoso de una psicopatolog√≠a de la historia, de la sociedad y de sus individuos actantes, la obra de Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a presentaba ya los componentes mencionados en un estado avanzado de maduraci√≥n intelectual. Es este pasado de pensamientos y de pr√°cticas el que, compulsado con las m√°s recientes aportaciones europeas, Ingenieros rescata y prosigue a√Īos m√°s tarde en ese intento acabado de psicolog√≠a social colectiva que, a imagen y semejanza de Las multitudes argentinas, se afirma entonces con El hombre mediocre.

 

 

Maniquíes anodinos, sombras actorales de cráneos sin mezcla

 

 

‚ÄúLa caja cerebral del hombre rutinario es un alhajero vac√≠o. No pueden razonar por s√≠ mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el creador pobl√≥ el mundo de hombres, comenz√≥ por fabricar los cuerpos a guisa de maniqu√≠es. Antes de lanzarlos a la circulaci√≥n levant√≥ sus calotas craneanas y llen√≥ las cavidades con pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del esp√≠ritu, buenas y malas. Fuera imprevisi√≥n al calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicar√≠a la existencia de hombres cuya cabeza tiene una significaci√≥n puramente ornamental‚ÄĚ.

 

José Ingenieros, El hombre mediocre (1913). (45)

 

 

Si con las empe√Īosas experiencias hospitalarias y la atenta recepci√≥n dispensada a las corrientes europeas Jos√© Ingenieros se dispuso a otorgar continuidad al campo de reflexi√≥n abierto y servicialmente puesto a su disposici√≥n por el autor de Las multitudes argentinas, con la escritura de El hombre mediocre, uno de sus √ļltimos trabajos considerados importantes, revela el modo como ‚Äďsentencioso, maniqueo y apod√≠ctico‚Äď ha sabido en t√©rminos generales permanecer constante a la tarea inaugurada d√©cadas atr√°s por el antecesor que lo hab√≠a nombrado su disc√≠pulo dilecto. El volumen que alcanzar√° a sus lectores en 1913, exhibe, en una visi√≥n deceptiva levemente corrida del ya por entonces exiguo optimismo de Ramos, y para un mapa social tambi√©n algo desplazado, una imagen del hombre de la masa que, no obstante estos recaudos, permanece todav√≠a bastante fiel a las l√≠neas estructurales que sosten√≠an el andamiaje org√°nico de Las multitudes argentinas.

 

Empleando una visi√≥n que con los a√Īos se ha vuelto m√°s desencantada, fundamentalmente esc√©ptica frente a las baj√≠simas posibilidades de cambio que se ofrecen con el hombre nuevo a la sociedad del Centenario, ya que √©sta se halla en t√©rminos sustanciales conformada por una alt√≠sima proporci√≥n de individuos que se resisten -bajo un est√°tico letargo vital- a toda posible innovaci√≥n, a√ļn en su rutina diaria, Jos√© Ingenieros traza un esquema desolador del hombre argentino de la gran ciudad, teatralmente simulador, prejuicioso, retr√≥grado, y parte de un reba√Īo humano nivelador que lo ha sumido en el interior de una vida menos que vegetativa, atada a las contingencias de la sombra. Si en los tramos finales del estudio de Ramos a√ļn permanec√≠a encendida la luz de una esperanza en el porvenir de las masas, en el libro de Ingenieros, podr√≠amos decir, se ha apagado irremediablemente cualquier probabilidad abierta por esa expectativa.

 

A√ļn cuando el autor comparte y amplifica los t√©rminos de la estesiolog√≠a dominante en Ramos Mej√≠a, en las l√≠neas sustantivas de su trabajo parece claro que la misma ha pasado a formar parte integrante de una psicolog√≠a colectiva del hombre gregario, cargada de matices sociol√≥gicos o de impronta filos√≥fica. Antes que una anatom√≠a biol√≥gica, perspectiva descriptiva singularmente privilegiada por su antecesor en la tarea, en Ingenieros la √≥ptica prevaleciente elige sumergirse en la hondura de los temperamentos, en la textura de los caracteres morales y en el ethos colectivo ordinario de este hombre-sombra, sin que ello desaloje las alusiones y las figuras de √≠ndole org√°nica que, como en los vectores esenciales del otro tratado, no se reportan en √©ste ausentes en absoluto. (46)

 

En su libro, Ingenieros retoma las dos l√≠neas anal√≠ticas privilegiadas por sus predecesores: las posiciones cientificistas provenientes de la psiquiatr√≠a y las posturas m√°s cercanas a lo que se ven√≠a avizorando en los t√©rminos de un abordaje sociol√≥gico del entorno, tendiendo a realzar en la tarea la posici√≥n mencionada en segundo lugar. Aunque en muchos de sus argumentos resulte todav√≠a inocultable la pauta de la selecci√≥n natural como impronta de base servicial a su formulaci√≥n, la salida hacia un enfoque √©tico capaz de centralizar los rasgos vitales del hombre medio, se adivina detr√°s de los t√©rminos que, como √ļltima conducci√≥n en la cadena de reacci√≥n nerviosa, han corrido desde Le Bon hasta llegar a √©l.

 

La fracci√≥n de su estudio que nos interesa rescatar, sin embargo, es aqu√©lla que permanece sujeta en cierto modo a la √≥ptica fisiol√≥gica que observamos en su recepci√≥n de las ideas europeas, pero que tambi√©n registra las √ļltimas vibraciones, ya muy amortiguadas, que caracterizaron al repertorio estesiol√≥gico de las masas que tuvimos ocasi√≥n de examinar en sus maestros. En el eslab√≥n extremo que recorre esta especie de reacci√≥n en cadena intelectual, la frenolog√≠a de los comienzos ‚Äďexacerbada, como vimos, en la √≥ptica de Ramos‚Äď, parece derivar hacia una gastroenterolog√≠a, y afirmarse en una figura m√©dica, ya empleada por el autor de Las multitudes‚Ķ, que dirige su inter√©s descriptivo hacia los h√°bitos y los gustos culturales del hombre mediocre, un maniqu√≠ de cerebraci√≥n vacante suplantada por su est√≥mago. Si nos importa destacar esta nueva figuraci√≥n ser√° porque habilitar√° tiempo despu√©s las reflexiones ‚Äďnunca despejadas del todo en su trabajo‚Äď que conduzcan a los analistas futuros a pensar la figura del hombre medio en los t√©rminos conocidos de un sujeto ampliamente receptivo, proclive a las manipulaciones ideol√≥gicas y mayormente cautivo de los novedosos productos tecnol√≥gicos servidos por la naciente industria cultural.

 

En su ensayo, el sujeto de sus cavilaciones re√ļne los principales atributos leboneanos y corporiza para el contexto argentino de Ingenieros le r√®gne des foules que anunciaba el franc√©s. Dispuesto fisiol√≥gicamente para hacer masa, este hombre de la median√≠a social, dada su naturaleza esencialmente pecoaria (Ramos Mej√≠a, 1899, 227), busca enmascararse en el n√ļmero sin que le importe distinguirse de la multitud. No abriga proyectos transformadores de su entorno inmediato ni empuja iniciativa personal alguna: jam√°s lo asiste un ideal propio que contribuya a redimirlo de su car√°cter sedentario e inactivo, como de su palmaria carencia de una identidad reconocible. Propenso a la simulaci√≥n, generalmente d√≥cil y maleable por la opini√≥n ajena, todo √©l es profusa oscuridad, escribe repetidas veces Ingenieros: una sombra de otra sombra:

 

 

‚ÄúEl hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y est√° perfectamente adaptado para vivir en reba√Īo, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente √ļtiles para la domesticidad. As√≠ como el inferior hereda el ‚Äúalma de la especie‚ÄĚ, el mediocre adquiere el ‚Äúalma de la sociedad‚ÄĚ. Su caracter√≠stica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios‚ÄĚ. (Ingenieros, 1913, p. 49, cursiva en fuente).

 

 

Si, con arreglo a esas dos ‚Äúalmas‚ÄĚ, cada hombre se modela a s√≠ mismo atendiendo a los componentes cerebrales con que ha sido abastecido por los factores de la herencia, pero tambi√©n a las influencias igualmente decisivas que ejerce el medio social en esa constituci√≥n fisiol√≥gica, seg√ļn una constante adaptaci√≥n de las tendencias hereditarias a la mentalidad colectiva (una asimilaci√≥n del individuo a la sociedad), la particular etolog√≠a del hombre mediocre indica que, en esa aclimataci√≥n a su medio, las funciones de la inteligencia superior (para su caso, inexistentes) se rinden a la influencia nociva del pol√≠gono cerebral subalterno (47). As√≠, Ingenieros reelabora las t√≥picas de Grasset que hemos comentado, asoci√°ndolas, respectivamente, a las funciones de inventar e imitar. En toda mediocracia, el equilibrio entre lo que sus integrantes inventan y lo que imitan inclina el predominio de sus h√°bitos en sociedad por la √ļltima conducta se√Īalada, nos dice. (48)

 

S√≥lo los hombres superiores piensan mejor que el medio en el que viven. La gran mayor√≠a no evidencia el factor de la variaci√≥n individual, pleg√°ndose por emulaci√≥n actoral al resto de la turba impersonal formada en su propio medio. Imitar es hacer masa para Ingenieros, integrar como uno m√°s el elenco de maniqu√≠es urbanos, vivir ‚Äúcomo simple reflejo de los dem√°s‚ÄĚ, pero tambi√©n pensar con la cabeza de los otros y no aspirar nunca a usar la propia (49). Lo m√°s cercano posible a la representaci√≥n de un personaje (de un tipo teatral) marcado por los anodinos lugares comunes del libreto social, el vestuario colectivo y el proscenio com√ļn a los dem√°s:

 

 

[Los mediocres] ‚Äúcr√©ense actores de la comedia humana; entran en la vida construy√©ndose un escenario, grande o peque√Īo, bajo o culminante, sombr√≠o o luminoso; viven con perpetua preocupaci√≥n del juicio ajeno sobre su sombra‚ÄĚ. (Ingenieros, 1913, p. 129).

 

‚ÄúSon actores a quienes les est√° prohibido improvisar: de otro modo romper√≠an el molde a que se ajustan las dem√°s piezas del mosaico‚ÄĚ. (Idem, p. 168).

 

‚Äúcierran todas las rendijas de su esp√≠ritu por donde podr√≠a asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la mentira‚Ķ; simulan las aptitudes y cualidades que consideran ventajosos para acrecentar la sombra que proyectan en su escenario‚ÄĚ. (Idem, p. 84).¬†

 

‚ÄúEl mediocre es solemne. En la pompa grand√≠locua de las exterioridades busca un disfraz para su √≠ntima oquedad; acompa√Īa con fofa ret√≥rica los m√≠nimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese o√≠rlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, que da importancia en la fantasmagor√≠a colectiva‚ÄĚ. (Idem, p. 69).¬†¬†

 

 

Un nuevo esp√©cimen urbano habr√° que adicionar entonces de inmediato al grupo impreciso de enfermos inquietantes conformado por hist√©ricas, enajenados, primeros inmigrantes y aqu√©llos que no poseen casi raciocinio. Los hombres sombr√≠os y grises de Jos√© Ingenieros: esas sombras-actores que no resultan convencidas por ideas (ni las persiguen) sino exaltadas por el sentimiento general exagerado, por los dogmas y las f√≥rmulas impuestas por la mayor√≠a, que gustan replicar en cada una de sus actuaciones. La sensibilidad de estos sujetos ‚Äďcuyos signos no siempre visibles vuelven sobre el tema de una anomal√≠a infracortical desconectada del centro de intelectualizaci√≥n con sede en la capital cerebral‚Äď, anota especialmente en su historial cl√≠nico, un nuevo rasgo patol√≥gico que invierte la localizaci√≥n jer√°rquica de ese punto neur√°lgico y la desv√≠a subalternamente hacia la zona anat√≥mica inferior del est√≥mago. Los hombres mediocres, sombras que por anastomosis se han vuelto parte indivisible de todas las rutinas y las doxas imperantes en su medio (50), vac√≠os de seso, se entregan a los apetitos conocidos, al bolo largamente masticado, a los alimentos digeridos de antemano por su entorno inmediato:

 

 

‚ÄúAcostumbrados a copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como esos enfermos de est√≥mago inservible que se alimentan con substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias‚ÄĚ. (Ingenieros, 1913, p. 61).

 

 

Como los tipos urbanos que describe Ramos (el guarango, el canalla, el huaso, el compadre, el burgu√©s), las sombras de Ingenieros, enormemente receptivas a los est√≠mulos externos, se manchan y se contagian de los h√°bitos y de los prejuicios ‚Äúque infestan la cabeza de los dem√°s‚ÄĚ (Ingenieros, 1913, p. 62). Son tan maleables como la cera o la arcilla: cualquier impresi√≥n digital de los otros los marca con un hondo surco indeleble (51). Porque est√°n como descerebrados, ‚Äútragan sin digerir‚ÄĚ, contin√ļa describi√©ndolos el autor: ‚Äúignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila‚ÄĚ (idem, p. 63). De all√≠ que de esos contactos y apetitos perniciosos resulten generalmente esmaltados por un ba√Īo de gusto grueso et sans ‚Äúesprit de finesse‚ÄĚ (idem, p. 68), capaz de ignorar ‚Äďindiferentes‚Äď una madonna del Ang√©lico, pero listos a contemplar ‚Äúlas oleograf√≠as de toreros espa√Īoles o generales americanos‚ÄĚ (idem, p. 63).

 

¬†‚ÄúSus cerebros son casas de hospedaje, pero sin due√Īo‚ÄĚ. ‚ÄúSus ojos no saben distinguir la luz de la sombra‚ÄĚ (Ingenieros, 1913, p. 66). El desv√≠o en la conformaci√≥n estesiol√≥gica que propone Ingenieros, regula ahora todos sus comportamientos culturales como la resultante de su cerebraci√≥n carente: se equivocan siempre porque no usan la cabeza y eligen ser esclavos de sus vientres. Sus impresiones siempre erradas los conducen, finalmente, a dejarse deslumbrar por el brillo de todo √©xito f√°cil, por los oropeles de un falso universo de lujos suntuosos, por los m√©ritos ilusorios y los atractivos ef√≠meros de un mundo teatral de ficci√≥n. Como el guarango de Ramos Mej√≠a, la sombra mediocre es un ‚Äúinvertido del arte‚ÄĚ, necesitado del ‚Äúcolor viv√≠smo‚ÄĚ, la ‚Äúm√ļsica chillona‚ÄĚ y ‚Äúlas combinaciones bizarras y sin gusto de las cosas‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 218). Como aqu√©l, ‚Äúun atrofiado del sentido crom√°tico de la visi√≥n y del sonido‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 219), todo √©l asimismo hipersensible al gusto ampuloso de lo melodram√°tico. Su fisiolog√≠a cerebral y digestiva atempera una sensibilidad permeable a dejarse fascinar por los productos y por las estrellas de la industria cultural masiva del espect√°culo. Aunque de un modo no del todo expl√≠cito, algunos pasajes del texto de Ingenieros parecen apuntar sus dardos directamente hacia ese sector, por entonces en mete√≥rico ascenso de preferencias:

 

 

“Los arquetipos de la mediocridad pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas sombras chinescas.

‚Ķ Viven de aspavientos, que s√≥lo ata√Īen a las formas. La austera sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galard√≥n de las sombras.‚Ķ N√ļblanse de humos y empav√©sanse de fatuidades.‚Ķ Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones dom√©sticas... pavon√©anse en trenes lujosos, navegan en complicados bucentauros, sue√Īan con recepciones allende los oc√©anos‚Ķ poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y se√Īor√≠as de opereta. Su √©nfasis melodram√°tico cuadrar√≠a a personajes de Hugo y har√≠a cosquillas al egotismo volteriano de Stendhal‚ÄĚ. (Ingenieros, 1913, p. 186).

 

 

Maniquíes anodinos de cráneos vacíos, productos de una divinidad distraída o desencantada, los hombres mediocres, epítomes del hombre-carbono analizado por Le Bon y Ramos Mejía, estarán dispuestos a recibir de los nuevos dioses de la industria del entretenimiento (la radio, el cine, las publicaciones gráficas) su porción de masa mediática a guisa de cerebro.

 

 

Notas

(1) "Cine argentino. Momentos de peligro y de esperanza", nota firmada por P., p. 40, sin ilustraciones.

 

(2) El vocablo est√° estructurado sobre los t√©rminos griegos a√≠sthńďsis, sensibilidad y log√≠a: parte de la anatom√≠a que estudia los √≥rganos de los sentidos y el mecanismo de las sensaciones. Cfr. Moliner, Mar√≠a (1998).

 

(3) V√©ase en Rosa, Nicol√°s (dir.) (2004), su ensayo ‚ÄúEl follet√≠n: historial cl√≠nico‚ÄĚ.

 

(4) Al respecto, y a los fines de obtener una clasificaci√≥n exhaustiva de las masas provista por Le Bon, v√©ase el libro tercero: ‚ÄúClassification et description des diverses cat√©gories de foules‚ÄĚ.

 

(5) "Jusqu'ici ces grandes destructions de civilisations trop vieilles ont constitu√© le r√īle le plus clair des foules. Ce n'est pas, en effet, d'aujourd'hui seulement que ce r√īle appara√ģt dans le monde. L'histoire nous dit qu'au moment o√Ļ les forces morales sur lesquelles reposait une civilisation ont perdu leur empire, la dissolution finale est effectu√©e par ces foules inconscientes et brutales assez justement qualifi√©es de barbares. Les civilisations n'ont √©t√© cre√©s et guid√©es jusqu'ici que par une petite aristocratie intellectuelle, jamais par les foules. Les foules n'ont de puissance que pour d√©truire. Leur domination repr√©sente toujours une phase de barbarie. Une civilisation implique des r√®gles fixes, une discipline, le passage de l'instinctif au rationnel, la pr√©voyance de l'avenir, un degr√© √©lev√© de culture, conditions que les foules, abandonn√©es √† elles-m√™mes, se sont toujours montr√©es absolument incapables de r√©aliser. Par leur puissance uniquement destructive, elles agissent comme ces microbes qui activent la dissolution des corps d√©bilit√©s ou des cadavres. Quand l'√©difice d'une civilisation est vermoulu, ce sont toujours les foules qui en am√®nent l'√©croulement. C'est alors qu‚Äôappara√ģt leur principal r√īle, et que, pour un instant, la philosophie du nombre semble la seule philosophie de l'histoire" (Le Bon, 1895, p. 6, cursivas nuestras).

 

(6) Ter√°n, Oscar (2000), ‚ÄúJos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a: uno y la multitud‚ÄĚ, p. 100-101.

 

(7) "Mais avant de nous occuper des diverses catégories de foules, nous devons examiner d'abord les caractères communs à toutes. Nous opérerons comme le naturaliste, qui commence par décrire les caractères généraux communs à tous les individus d'une famille avant de s'occuper des caractères particuliers qui permettent de différencier les genres et les espèces que renferme cette famille" (Le Bon, 1895, p. 18).

 

(8) "Notre point de départ sera la simple multitude. Sa forme la plus inférieure se présente, lorsqu'elle est composée d'individus appartenant à des races différentes. Elle n'a d'autre lien commun que la volonté, lus ou moins respectée d'un chef. On peut donner comme type de telles multitudes, les barbares d'origines fort diverses, qui pendant plusieurs siècles envahirent l'empire Romain.

    Au-dessus de ces multitudes de races diverses, se trouvent celles qui, sous l'influence de certains facteurs, ont acquis des caractères communs et ont fini par former une race. Elles présenteront à l'occasion les caractéristiques spéciales des foules, mais ces caractéristiques seront plus ou moins dominées par celles de la race.

    Ces deux catégories de multitudes peuvent, sous l'influence des facteurs étudiés dans cet ouvrage, se transformer en foules organisées ou psychologiques" (Le Bon, 1895, p. 94-95). En esas masas orgánicas Le Bon establece dos grandes divisiones: foules hétérogènes (foules de rues, jurys, assemblées parlementaires, etc.) et foules homogènes (sectes politiques, religieuses; castes militaires, sacerdotales, ouvrières; classes: bougeoise, des paysans, etc.).

 

(9) Continuando con la met√°fora biologicista, escribe Le Bon acerca de este fen√≥meno: "Lorsqu'une affirmation a √©t√© suffisamment r√©p√©t√©e, et qu'il y a unanimit√© dans la r√©p√©tition ‚Ķ il se forme ce qu'on appelle un courant d'opinion et le puissant m√©canisme de la contagion intervient. Dans les foules, les id√©es, les sentiments, les √©motions, les croyances poss√®dent un pouvoir contagieux aussi intense que celui des microbes. Ce ph√©nom√®ne est tr√®s naturel puisqu'on l'observe chez les animaux eux-m√™mes d√®s qu'il sont en foule. Le tic d'un cheval dans une √©curie est bient√īt imit√© par les autres chevaux de la m√™me √©curie. Une panique, un mouvement d√©sordonn√© de quelques moutons s'√©tend bient√īt √† tout le troupeau. Chez l'homme en foule toutes les √©motions sont tr√®s rapidement contagieuses, et c'est ce qui explique la soudainet√© des paniques. Les d√©sordres c√©r√©braux, comme la folie, sont eux-m√™mes contagieux. On sait combien est fr√©quente l'ali√©nation chez les m√©decins ali√©nistes". Y agrega, como si pretendiera dejar abierta la posibilidad de explicarnos los avances tecnol√≥gicos que hoy nos alcanzan: "La contagion n'exige pas la pr√©sence simultan√©e d'individus sur un seul point; elle peut se faire √† distance sous l'influence de certains √©v√©nements qui orientent tous les esprits dans le m√™me sens et leur donnent les caract√®res sp√©ciaux aux foules" (Le Bon, 1895, p. 77).

 

(10) Obsérvense los siguientes pasajes : "On remarquera que, parmi les caractères spéciaux des foules, il en est plusieurs, tels que l'impulsivité, l'irritabilité, l'incapacité de raisonner, l'absence de jugement et d'esprit critique, l'exagération des sentiments, et d'autres encore, que l'on observe également chez les êtres appartenant à des formes inférieures d'évolution, tels que la femme, le sauvage et l'enfant mais c'est là une analogie que je n'indique qu'en passant" (Le Bon, 1895, p. 25). "Toutes les foules sont toujours irritables et impulsives, sans doute, mais avec de grandes variations de degré. .... Les foules sont partout féminines" (Le Bon, 1895, p. 26). "Femmes et ... enfants, c'est-à-dire précisément ... les êtres les plus impressionnables" (Le Bon, 1895, p. 30). "La simplicité et l'exagération des sentiments des foules font que ces dernières ne connaissent ni le doute ni l'incertitude. Comme les femmes, elles vont tout de suite aux extrêmes" (Le Bon, 1895, p. 32).

 

(11) A prop√≥sito, cfr. en el libro segundo, el cap√≠tulo tercero: ‚ÄúLes meneurs des foules et leurs moyens de persuasi√≥n‚ÄĚ. En el primer par√°grafo, se dice, entre otras cosas, que los l√≠deres de multitudes ‚Äúse recrutent surtout parmi ces n√©vros√©s, ces excit√©s, ces demi-ali√©n√©s qui c√ītoient les bords de la folie" (Le Bon, 1895, p. 19).

 

(12) Le Bon, Gustave (1895), p. 13. Sobre el particular, v√©ase en el Libro primero, el cap√≠tulo III: ‚ÄúId√©es, raisonnements et imagination des foules‚ÄĚ.

 

(13) "Ce n'est qu'en approfondissant un peu la psychologie des foules qu'on comprend à quel point les lois et les institutions ont peu d'action sur elles; combien elles sont incapables d'avoir des opinions quelconques en dehors de celles qui leur sont imposées; que ce n'est pas avec des règles basées sur l'équité théorique pure qu'on les conduit, mais en recherchant ce qui peut les impressionner et les séduire" (Le Bon, 1895, p. 14).  

 

(14) Del mismo argumento se servirá después en más de una mención José María Ramos Mejía. Cfr. Ramos Mejía, José María (1899), p. 130-131.

 

(15) Algunos de estos aspectos son examinados por Le Bon en el capítulo que dedica a abordar los medios de sugestión del líder: l’affirmation, la répétition, la contagion, le prestige (libro segundo, capítulo III). También los retomaremos parcialmente en este trabajo al describir la figura del meneur pensada por José María Ramos Mejía para su estudio.

 

(16) Jos√© Mar√≠a Ramos Mej√≠a retoma brevemente este t√≥pico en el p√°rrafo final del cap√≠tulo de su libro titulado ‚ÄúLas multitudes de la emancipaci√≥n‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 120).

 

(17) Al respecto, cfr. Kracauer, Siegfried (1995), especialmente el cap√≠tulo 5, ‚ÄúCaligari‚ÄĚ.

 

(18) "Cine argentino. Momentos de peligro y de esperanza", op. cit..

 

(19) Op. cit., p. 25.

 

(20) Véase el prólogo de Prieto en la edición de Las multitudes argentinas que preparó para la editorial Biblioteca en 1974 (p. 9-10).

 

(21) Ramos Mej√≠a, Jos√© Mar√≠a (1899), p. 25. Como dato contrastante, interesa observar que, mientras para Le Bon, el ocaso de la centuria decimon√≥nica ha iniciado en Europa la era de las masas, para Ramos Mej√≠a y en nuestro pa√≠s, ese mismo tramo temporal nos ha deparado su extinci√≥n. V√©ase para ello el √ļltimo cap√≠tulo de su volumen, ‚ÄúLas multitudes de los tiempos modernos (Conclusi√≥n)‚ÄĚ.

 

(22) Estos referentes dise√Īan un extenso y complejo repertorio que incluye a autores ligados muy directamente a su pr√°ctica profesional (Darwin, Tarde, Binet, Ribot, Sighele, Tissieu, Meunier, Le Bon) y a colegas aplicados al an√°lisis historiogr√°fico de los acontecimientos nacionales (B. Mitre, V. F. L√≥pez, F. Ramos Mej√≠a, Pelliza, Garc√≠a, Zinny). Pero, y porque estar√≠an indicando una importante apertura lectora en la gama de textos ‚Äúespec√≠ficos‚ÄĚ que ca√≠an bajo su mirada, no deber√≠an eludirse sus inquietudes relacionadas con el derecho, la incipiente ciencia antropol√≥gica, e incluso sus observaciones en relaci√≥n con las artes pl√°sticas y la m√ļsica, tambi√©n muy frecuentes en el texto.¬†¬†

 

(23) Adolfo Prieto, en op. cit., p. 12.

 

(24) Seg√ļn Mar√≠a Moliner, este t√©rmino, proveniente del campo de la biolog√≠a, llega al espa√Īol desde el franc√©s c√©nesth√©sie, y √©ste del griego koin√≥s, com√ļn y a√≠sthńďsis, sensaci√≥n: complejo indiferenciado de sensaciones procedentes de los √≥rganos internos, por el cual el individuo tiene conciencia de su cuerpo y de su estado corporal. Cfr. Mar√≠a Moliner (1998).

 

(25) En op. cit., p. 17.

 

(26) Este t√≥pico se desarrolla en el texto algo m√°s adelante. Se dice, por ejemplo, hablando de las multitudes montoneras que dieron origen a tiran√≠as vigorosas, tambi√©n ‚Äúmusculares y sangu√≠neas‚ÄĚ: ‚ÄúAs√≠ vivi√≥ y se desenvolvi√≥, en medio de la naturaleza salvaje y primitiva, el hombre de la multitud argentina de esta edad de conmociones profundas y de cambios trascendentales. Por eso, todos ellos amaban la libertad, como la aman los animales, sus convivientes y asociados. La naturaleza virgen, desarrollando sus m√ļsculos y su sistema circulatorio en proporciones que dejaban en reposo evolutivo el cerebro, les hab√≠a sugerido la idea de su derecho y de la libertad, en una forma en que la fuerza f√≠sica daba la medida de su amplitud correlativa y una noci√≥n de aqu√©llos, proporcional a la magnitud de su brutal empuje muscular‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 190-191).

 

(27) Obs√©rvese el siguiente pasaje, en que se refiere el accionar de mujeres en la multitud emancipadora: ‚ÄúEl ca√Īoneo retumba en la concavidad de los montes, como si un n√ļmero considerable de piezas de grueso calibre, y no ocho que eran las del ej√©rcito realista, hicieran incesante fuego sobre la pobre aldea conmovida; las llamas del incendio iluminan de repente el horizonte, produciendo en todos el pavor y la rabia; el enardecimiento ha llegado a su colmo, y las mujeres arremangadas unas con las polleras por encima de las rodillas, destrozadas las ropas otras, como si un arranque de man√≠aco entusiasmo las poseyera, parec√≠an brujas entregadas a sus pr√°cticas diab√≥licas, o sombras vengadoras que volvieran de la otra vida, llamadas por el lamento del hogar robado y del hijo muerto entre las llamas. La mujer de la plebe, asociada a la turba, le imprime un aspecto terrible, porque en tales circunstancias, pierde m√°s pronto que el hombre todos los instintos dulces y amables, que son la t√≥nica de su alma. Ellas arengan a la gente, la inflaman con sus imprecaciones inesperadas, en la plaza, en la calle, hasta en el p√ļlpito de la iglesia, donde se han refugiado los que se han rendido al cansancio y al pavor‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 133, cursiva en fuente).

 

(28) Para estas referencias, véase especialmente el pasaje que describe la idolatría de la multitud de la emancipación por la figura de Liniers (Ramos Mejía, 1899, p. 90-92).

 

(29) Véase el pasaje completo y todas las citas en Ramos Mejía (1899), p. 96.

 

(30) En términos análogos se describe a la multitud reunida ante el Cabildo. Cfr. Ramos Mejía (1899), p. 106-107.

 

(31) ‚ÄúSemejante a un inmenso caudal de agua‚Ķ, salido espont√°neamente de madre, y como empujado por misteriosa convulsi√≥n de sus entra√Īas‚ÄĚ, ‚Äúla fisiolog√≠a escabrosa‚ÄĚ de la multitud se despliega en toda la magnitud nerviosa y aterradora de una ‚Äúmaquinaria en movimiento‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 86-87, cursivas en fuente). V√©ase con detenimiento el pasaje completo.

 

(32) Véase el pasaje en toda su extensión, en op. cit., p. 76-85.

 

(33) ‚ÄúInterviene algo an√°logo a aquella inminencia de contractura en virtud de la cual un leve traumatismo basta, seg√ļn Charcot, para provocar la violenta contracci√≥n de un m√ļsculo que no cre√≠amos en peligro‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 101). Para la noci√≥n de alma de la multitud, v√©ase p. 129-130.

 

(34) Se dice en el texto de este personaje: ‚ÄúOculto entre bastidores o bajo la concha del consueta, derrama sus fluidos, y con frecuencia es el que tira de las cuerdas que manejan las actitudes de aqu√©l [el caudillo]. Por lo menos la parte literaria le pertenece‚Ķ. Su pirot√©cnica estaba llena de luces y fosforescencias llamativas; su m√ļsica de bronces y tambores‚Ķ‚ÄĚ (√≠bidem).

 

(35) ‚Äúla multitud admira por costumbre, obedece y se somete, porque la repetici√≥n de actos iguales la han creado el mecanismo reflejo de la obediencia y de la admiraci√≥n. Una misma operaci√≥n repetida a menudo, ense√Īa la fisiolog√≠a, crea un h√°bito, trazando un camino determinado en el sistema nervioso general, camino que se sigue despu√©s por todas las incitaciones del mismo g√©nero. Al contrario, si se deja pasar largo tiempo sin realizar esta operaci√≥n, ciertas partes de la senda trazada se destruyen por el reposo, el h√°bito se pierde y el olvido se pronuncia‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 166).

 

(36) Op. cit., p. 207, cursiva en fuente.

 

(37) El autor s√≥lo estar√° dispuesto a reconocer de un modo intermitente esos rasgos en las zonas cercanas a la campa√Īa y en los pueblos dormidos del interior: ‚ÄúY la verdad es, que cuando de esta ciudad multicolor y cosmopolita en demas√≠a, uno se traslada a la tranquila ciudad del interior, siente al alma que levanta sus alas suavemente acariciada por el recuerdo de la vieja cepa; percibe algo que semeja la fresca brisa de la infancia cantando en la memoria multitud de recuerdos amables. S√≠: aquella casa vieja, aquella familia sencilla y distinguid√≠sima, en medio de su patriarcal bonhom√≠a, es la nuestra; el coraz√≥n la adivina, porque se rejuvenece en el perfumado contacto de la arboleda, y en la r√°faga perezosa en que el genio benevolente del viejo hogar env√≠a su saludo al hijo pr√≥digo que vuelve‚Ķ‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 206).

 

(38) El fragmento completo contin√ļa en los siguientes t√©rminos: ‚ÄúSu mente so√Īolienta se siente animada por la vibraci√≥n de la vida, obligada a dilatarse como el acero de buena ley; del rudo trozo de mineral surge, como por obra de sortilegio, la l√°mina bru√Īida y radiante del hombre regenerado para el trabajo en toda su m√°s noble amplitud. .‚Ķ Entonces esa mentalidad, que ha vegetado en la obscura invernaci√≥n de la miseria, se precipita en el v√©rtigo‚Ķ de esta vida febril‚Ķ. ¬ŅPor qu√© el color le hiere m√°s intensa y agradablemente la retina? ¬ŅPor qu√© ese o√≠do torpe y apenas perceptor indiferente del vago rumor de la monta√Īa, distingue ahora el sonido y comienza a procurarse la emoci√≥n de la m√ļsica siquiera humilde que en la tibia tarde del est√≠o puebla el aire de la naciente colonia? ¬ŅPor qu√©‚Ķ esa alma‚Ķ, al contacto de este aire y de este cielo, siente que hacen en ella irrupci√≥n extra√Īas emociones y sentimientos que la echan en las iniciativas audaces y le infunden savia m√°s fogosa? Es que el cerebro ha sido tomado por las manos de este genio de los aires, de las aguas y de los lugares‚Ķ, oblig√°ndolo a aceptar las modificaciones que generaciones venideras aprovechar√°n en plenitud mayor‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 209-210).

 

(39) Estos est√≠mulos resultan completos apoy√°ndose en las experiencias hogare√Īas, donde tambi√©n se reciben constantes sugestiones: la acci√≥n de un padre impecable, la audici√≥n de la voz materna, ‚Äúllena de la unci√≥n musical que procede del √≥rgano que no se ha engrosado por el uso de la blasfemia o del grito montaraz‚ÄĚ, ‚Äúel voluptuoso perfume de ideales‚ÄĚ ajenos al utilitarismo. V√©ase el fragmento completo en op. cit., p. 215.

 

(40) Op. cit., p. 225, cursiva en el original.

 

(41) En su libro sobre la vida de los intelectuales porte√Īos en el fin de siglo, Oscar Ter√°n propone pensarlos bajo la figura del ‚Äúintelectual cient√≠fico como la de un sacerdote laico dotado de capacidades explicativas superiores‚ÄĚ (Ter√°n, 2000, p. 88).¬†

 

(42) Sobre la expansi√≥n del discurso psiqui√°trico hacia otros territorios disciplinares, v√©anse los trabajos de Mar√≠a In√©s Laboranti: ‚ÄúInmigraci√≥n, literatura y memoria. Construcciones discursivas en Argentina fin de siglo (1890-1916); Beatriz Porcel: ‚ÄúLiteratura, moral y enfermedad‚ÄĚ; Paola Piacenza: ‚ÄúLos libros extra√Īos‚ÄĚ y Roxana Mauri Nicastro: ‚ÄúEstado peligroso: el positivismo jur√≠dico argentino en la normativa peligrosista‚ÄĚ, compilados en Rosa, Nicol√°s (dir.), (2004).

 

(43) Escrib√≠a Ramos Mej√≠a: ‚ÄúLas im√°genes evocadas en su esp√≠ritu por un personaje, suscitadas por un hecho, o por accidente, ten√≠an la vivacidad de las cosas reales. En tales condiciones las multitudes urbanas est√°n ‚Äďseg√ļn un psic√≥logo moderno‚Äď en el caso de una persona dormida, cuya raz√≥n moment√°neamente sorprendida crea en el esp√≠ritu im√°genes de una intensidad extrema, pero que se disipan pronto, cuando pueden ser sometidas al preciso control de otras facultades reductoras; y cuando no sucede esto, subsisten. No conociendo, ni siendo capaces de reflexi√≥n, ni de razonamiento, no sienten la inveros√≠mil‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 177-178).

 

(44) Para una comprensi√≥n cabal del funcionamiento cerebral seg√ļn los postulados de Grasset, v√©ase con m√°s detenimiento Jos√© Ingenieros (1904, especialmente p. 106-111).¬†

 

(45) P. 67.

 

(46) Una de las m√°s flagrantes es la de la selecci√≥n natural, aplicada a catapultar a los hijos de noble cuna hacia la conducci√≥n del poder pol√≠tico. En este aspecto, Ingenieros insiste en el camino de sus predecesores (todos los escritores del 80), para desacreditar las salidas democr√°ticas por el voto directo y justificar la aristocracia del m√©rito. Sobre este problema v√©anse, en El hombre mediocre, los tramos finales del cap√≠tulo VII, titulado ‚ÄúLa mediocracia‚ÄĚ (p. 192-198). Tambi√©n Ter√°n (2000).

 

(47) En esta misma direcci√≥n tem√°tica, el texto registra algunos pasajes en los que puede observarse con claridad el esfuerzo de Ingenieros por integrar las perspectivas abiertas por sus antecesores, y a la vez ofrecer al lector un balance al d√≠a del estado del campo objeto de su examen: ‚ÄúCuanto mejor cerebrado est√° el hombre, tanto m√°s alta y significativa es su funci√≥n de pensar. Ign√≥rase todav√≠a el mecanismo √≠ntimo de los procesos intelectuales superiores. Los acompa√Īan, sin duda, modificaciones de las c√©lulas nerviosas: cambios de posici√≥n y permutas qu√≠micas muy complicadas. ‚Ķ. Son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las transformaciones de energ√≠a que determina en el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fen√≥menos que acompa√Īan la complej√≠sima funci√≥n de pensar.. .‚Ķ Existe ya la certidumbre de que √©sa, y ninguna otra, es la v√≠a para explicar las aptitudes supremas de un genio en funci√≥n de su medio. Nacemos diferentes; hay una variad√≠sima escala desde el idiota hasta el genio. .‚Ķ La herencia concurre a dar un sistema nervioso, agudo u obtuso, seg√ļn los casos. La educaci√≥n puede perfeccionar esas capacidades o aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando faltan; Salamanca no presta. Cada uno tiene la sensibilidad propia de su perfeccionamiento nervioso .‚Ķ Cuando, pues, se define el genio como ‚Äėun grado exquisito de sensibilidad nerviosa‚Äô, se enuncia la m√°s importante de sus condiciones‚ÄĚ (Ingenieros, 1913, p. 217-218).¬†¬†

 

(48) En rigor, este aspecto hab√≠a sido ya tomado de Tarde por Ramos Mej√≠a y, curiosamente, conectado tambi√©n con el incipiente mundo del espect√°culo. Obs√©rvese el siguiente pasaje: ‚ÄúComo la difusi√≥n en un medio gaseoso ‚Äėtiende a equilibrar la tensi√≥n de los gases, la imitaci√≥n tiende a equilibrar el medio social en todas sus partes, a destruir la originalidad, a uniformar los caracteres de una √©poca, de un pa√≠s, de una ciudad, de un peque√Īo c√≠rculo de amigos. Cada hombre est√° individualmente dispuesto a la imitaci√≥n, pero esta facultad llega a su m√°ximum en ciertas √©pocas y en los hombres reunidos en asambleas; las salas de espect√°culo y las reuniones p√ļblicas, en que el menor palmoteo, el m√°s imperceptible silbido, basta para sublevar la sala en un sentido o en otro, son un ejemplo elocuente‚ÄĚ (Ramos Mej√≠a, 1899, p. 130-131).

 

(49) Para una ampliación de este problema, véase en El hombre mediocre especialmente p. 47-49.

 

(50) Para este problema, en relaci√≥n con la operaci√≥n zool√≥gica de la anastomosis, v√©ase Ingenieros, 1913, p. 120-123. Los hombres mediocres se integran de tal forma a su entorno que, a riesgo de permanecer individualizables, cambian de estado, de textura, de forma. Al respecto, obs√©rvese el siguiente pasaje: ‚ÄúMientras los hombres resisten las tentaciones, las sombras resbalan por la pendiente; si alguna part√≠cula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los dem√°s. Parecen s√≥lidas y se ablandan, √°speras y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan‚ÄĚ (Ingenieros, 1913, p. 120).

 

(51) Véase este tópico en p. 117.

 

 

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