Publicado el 11-12-2006 / Edición Nº 3 / Año II

 


Zama: hombre de ningún lugar, o la tradición en construcción
por Basualdo, Gonzalo
Facultad de Filosofía y Letras / Universidad de Buenos Aires.
Basualdo, Gonzalo (11-12-2006). Zama: hombre de ningún lugar, o la tradición en construcción.
Hologramática Literaria - Facultad de Ciencias Sociales - Universidad Nacional de Lomas de Zamora
Año II, Número 3, pp.127-138
ISSN 1668-5024
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RESUMEN:
<P class=MsoNormal style="MARGIN: 0pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify"><FONT size=1><I><SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Microsoft Sans Serif'"><FONT face="arial, helvetica, sans-serif" size=1>Zama</FONT></SPAN></I><SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Microsoft Sans Serif'"><FONT face="arial, helvetica, sans-serif" size=1> plantea en su desarrollo ficcional una de las más discutidas temáticas desde la década del treinta en el campo intelectual argentino: La posibilidad de una tradición nacional</FONT>. </SPAN></FONT><SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Microsoft Sans Serif'"><FONT size=1><FONT face="arial, helvetica, sans-serif">Para esto discute la noción de región y su imposibilidad, a la vez que la escritura, como forma de identidad, estaría imposibilitada para realizarse</FONT>.<?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /><o:p></o:p></FONT></SPAN></P>
PALABRAS CLAVE: Tradición-identidad-región-escritura
ABSTRACT:
Zama states in its fictional development one of the most controvertible subject since ’30 years in the argentine intellectual field: the possibility of a national tradition. For that reason it discuss the region’s notion and its possibilities, at the same time, the scripture, like identity form, would be disabled to realize it.
KEYWORDS: Tradition-identity-region-scripture

Zama: hombre de ningún lugar, o la tradición en construcción

 

 

Gonzalo Basualdo

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Buenos Aires

 

 

 

Publicada hace cincuenta años, durante los primeros latidos de la "utopía" post-peronista, Zama de Antonio Di Benedetto reponía, no sin el cuidado que toda escritura literaria supone, el tema de discusión que durante la crisis desatada en la década del treinta tomó el centro de atención de muchos escritores y pensadores vernáculos: el ser nacional, tema que se extendió desde el ensayo, hasta la literatura ficcional (pienso en Mallea, Scalabrini Ortiz, Martínez Estrada, y Jorge Luis Borges, quien se comprometió en la discusión en ambos registros), y dejó su marca a partir de la publicación de varios libros sobre el tema. La discusión sobre la esencialidad del ser nacional pronto se desplazó, como era de esperar, a la discusión sobre la posibilidad de una cultura nacional y, más específicamente, sobre la posibilidad de una literatura argentina. Qué posibilidad había para generar una literatura de estas características o, como prefería afirmar Borges, qué posibilidades había para creer seriamente en esas jactancias del ser nacional, esa máscara construida con los resabios del pensamiento romántico (y aquí incluyo a las variadas corrientes del pensamiento nacional); esta era la pregunta que sistematizaba esa búsqueda durante los años posteriores al derrumbe del modelo liberal exportador.

 

A poco más de una década de la conferencia de Borges “El escritor argentino y la tradición”, Di Benedetto, desde Mendoza, su ciudad natal, excéntrica con relación a la capital literaria argentina, retoma la conclusión principal del escritor porteño: no hay posibilidades para los argentinos de vallar su cultura; nuestra tradición está abierta (debe estarlo) a toda la cultura occidental. De más está decir que la biografía de Di Benedetto con relación al lugar desde donde escribe, es significativa para contextualizar la discusión: escribe desde Mendoza una novela que ocurre en Asunción del Paraguay; la excentricidad del escritor se resuelve ficcionalmente de esa forma. Desde esta premisa se escribe una de las mejores novelas argentinas del siglo pasado.

 

Pero sería erróneo pensar que Zama retoma la discusión de manera extemporánea sin ningún anclaje en los años que le tocó vivir al mendocino. Esos años son los de la Argentina peronista signada, en lo cultural, nuevamente por la discusión sobre la nacionalidad y el lugar de esa nueva Argentina en el mundo. Si para la patria peronista era de suma importancia recrear los símbolos de la nacionalidad, encontrar la esencia del ser nacional (que se resolvería con los mismos símbolos del centenario), para el escritor mendocino esta cuestión era irresoluble bajo los términos en que esta discusión era desarrollada por el propio peronismo.

 

Zama postula la imposibilidad de una región, de una localización en función de la búsqueda del protagonista (Diego de Zama), y que ésta (la región, la nación), tomada América en su conjunto, no es más que pura creación y objeto de utilidad para Zama: "Para nadie existía América sino para mi; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores" (37) (1). Para Zama el lugar es insolvente, no existe, no se conoce sino en las fibras más íntimas de la creación individual, un territorio sin materialidad, sin región, mera invención textual. Presionado por una conciencia que le indica que debe buscar otro lugar, Zama queda encerrado en el no lugar mismo. Búsqueda, y espera de algún acontecimiento: "Espera de la vida cualquier cosa pero siempre en otro lado, nunca en el lugar en que se encuentra y al cual, de todos modos, va entregando su vida porque es incapaz de abandonarlo" (Jitrik 1959: 52). Zama niega la posibilidad de configurar una región: niega un lugar porque todo está en perpetuo movimiento, el lugar mismo, la región misma lo está; su frontera es, como dice casi al final de su peripecia, un objeto móvil.

 

Zama abre, entonces, la posibilidad de una lectura basada en dos hipótesis. La primera es que no hay posibilidad para la realización de una zona, o región determinada, ya que estaría vedada por la espera de Diego de Zama ante algo (un acontecimiento) que llegue de afuera de ese lugar. La segunda hipótesis se relacionaría con la primera en términos de identidad: si no es posible el encuadre de Zama en ninguna región, la lengua y su apropiación, la escritura, como forma de identidad, tampoco sería posible, posibilidad que queda trunca al final de la novela con el desmembramiento de sus extremidades. Por esta razón, Zama no entiende del chauvinismo de color local, "no divide la realidad, que es problemática, en naciones" (Saer 2000: 9). Juan José Saer lee en "Zama" no la búsqueda, o el posicionamiento de la novela en algún casillero recomendado por aquellos que dividen la literatura en regiones, y que encuentran en su contenido "la exaltación patriotera, la falsa historicidad, el color local" (Saer 2000: 9), si no que, por el contrario, encuentra a Zama sumergida, y haciendo propia una forma, y un contenido soterrado, que sí se corresponde con América y su "agonía oscura". Como Legaz afirma: "Zama pone en evidencia una sociedad con velados conflictos entre españoles y americanos, pero con americanos como Zama que ignoran las angustias de los hombres de su tierra y se sienten inmersos en los conflictos españoles" (Legaz 1991: 261). Quizá por esta razón Zama no define  región precisa, sino que, por el contrario, está incapacitado para hacerlo por la propia dinámica social e histórica. Seguramente a Di Benedetto le alcanzaría con la definición que da Beatriz Sarlo de Jorge Luis Borges: "De cara al pasado criollo Borges se pregunta cómo evitar las trampas del color local, que sólo produce una literatura regionalista y estrechamente particularista, sin renunciar a la densidad cultural que viene del pasado y forma parte de su propia historia" (Sarlo 1995: 14/15).

 

La búsqueda de Zama lo lleva a no poder encontrar fronteras. El límite al que hacíamos mención antes, aquél que delimita una región de otra, no es posible para el protagonista: "La meta, al principio incierta sobre el último límite de las tierras de los indios catequizados, se había extendido por el dominio de los mbayas y nos llevaba ya hacia el país nororiental de los guanaes. Parecía correrse, ser un objetivo móvil, y así era en verdad puesto que iba con nosotros" (163). Las fronteras móviles parecen ser un postulado filosófico: no hay materia sin movimiento, ni movimiento sin materia.

 

Zama queda colocada en ese lugar (paradójicamente hay un lugar, aunque bien no sea literario) de la imprecisión; imprecisión por una identidad de la que no se siente parte y sobre la que otro personaje, Ventura Prieto, advierte: (soy) "un español lleno de asombro ante tantos americanos que quieren parecer españoles y no ser ellos mismos lo que son" (41). Si una forma de apropiarse de una identidad es por la escritura, la amputación con la cual finaliza su periplo de 9 años de espera es, justamente, la demostración de que Zama, y Zama, no pueden encontrar, ni apropiarse, de un lugar; no hay geografía posible, ni región verídica, ni identidad única: Vicuña Porto es sólo un nombre (2).

 

 

Imposibilidad de región

 

El comercio existente entre posesión e identidad nos permite introducirnos en el complejo mundo de la territorialización cultural. La cultura como tal crea identidades, despoja heterogeneidades, ya que impone límites. Un primer, y fundante límite, es el que corresponde a la noción de vida natural y vida social. En esta última se desarrollaría la cultura. Ésta no existe si no en base a una clara y tajante división que instauran los individuos ante el hecho natural: "El programa del Iluminismo consistía en liberar al mundo de la magia. Se proponía mediante la ciencia, disolver los mitos y confutar la imaginación" (Adorno/Horkheimer 1969: 15); mitos que consistían en la plena vida natural, y que el Iluminismo, con la razón como fuerza vital, vino a desplazar. A partir de la destrucción del mito el hombre se enfrenta a la naturaleza. Naturaleza y cultura, ámbitos separados por la razón. Desde esa fecha diáfana el hombre se separa de la naturaleza para ser cultura.

 

Lo que la cultura impone, entonces, es límite y, siguiendo el sentimiento de pérdida simmeliano que retoma y adapta Adorno, un sentimiento de enajenación en cuanto al producto de la vida humana (3): voz del otro, ley de la otredad, la identidad que me imponen no es mía; la cultura se ha transformado en una "segunda naturaleza", y de sus bordes delimitados me es imposible escapar. El conocimiento ha impuesto una territorialización determinada: "A un espacio, una cultura, ambos homogéneos y más o menos extendidos. En toda nación encontramos cierta variedad de espacios y culturas que responden, según su naturaleza, a centros generadores (montaña, llanura, selva, río…) y, en lo político, a un accionar mutuo y simpático que los pueblos, en su historia, han concentrado y organizado, por adaptación común y síntesis de valores, en una nacionalidad coherente y suprarregional" (Víttori 1986: 76). La política intentaría crear el consenso de un espacio único del cual es necesario tomar distancia, como lo afirma Rolena Adorno: "Al reconocer que las categorías de región y período son constructos sociales y culturales, habría que tomar en cuenta su relatividad. Período y región se definen e interpretan desde determinadas focalizaciones en determinados momentos. Son siempre parciales y nunca fijos. Proceso y región son proceso de clasificación íntimamente relacionados" (Adorno 1997: 8).

 

Debemos pensar que la regionalización y la periodización son siempre conceptos históricos-sociales: históricos, en la medida en que la construcción de una cronología de hechos propugna la organización de un período de tiempo determinado; sociales, en tanto el concepto y la delimitación vienen a justificar una acción política (4) particular.

 

El límite, la regionalización, la identidad: problemáticas que para Zama no tienen resolución: él, en un espacio que por tradición (ley) le es propio, se encuentra esperando, y a la deriva (como el mono que flota al principio de la novela); algo que no está ahí, sino en otra parte, porque no existe el "aquí" de lo enunciado. Ese lugar, el de la espera, existe sólo por ella misma, y por lo que no es factible de encontrar allí: "Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo, jamás oyeron mentar" (37). América se construye como el no lugar, quizá, y pensando en Borges, justamente por ser un país joven sin tradición, que debe buscarla en toda la tradición occidental.

 

Como lugar, América se construye como una ficción, como un lugar de sueños ya que nos es posible asir un sentido único para aquel espacio: América es durante el virreinato, más que en cualquier otro momento histórico, un lugar en plena construcción. Y por eso mismo es una zona que limita entre lo que es y no es; realidad que se establece en el sueño, el limbo: "Mal me causaba, eso sí, que lo real me resultase inasible y, si una mujer venía a mi, lo hiciera en sueños nada más" (37). Una de las causas de la espera se estructura a través de las mujeres: Zama espera a su mujer, Marta, y a cualquier mujer; no hay mujer que valga la pena buscar en Asunción: "No el amor de Luciana, si es que lo conseguía, sino el de una mujer, de otras regiones, un ser de finezas y caricias, como podía haberlo en Europa (…)" (37). Todo el porvenir, lo por venir, llega de afuera, del sueño traducido en experiencia. Sólo a través del sueño es posible que la espera se traduzca en encuentro, pero encuentro con lo irreal que se desvanece al fin.

 

En Zama se funde la búsqueda de algo (ascenso social, mujer) en una relación inseparable entre lo local, y lo foráneo: "Yo, que soy americano, el único americano en la administración de esta provincia, aunque tenía probada mi lealtad al monarca, proclamé en la fiesta que sólo me conformaba con mujeres españolas. Mi esposa, sobre hallarse lejos, era también española" (32). Con una mujer, la suya, lejos, y americana, su búsqueda está relegada a un callejón sin salida.

 

Zama queda atrapado en una paradoja que no le permite admitir una relación lógica y constructiva con la región en que habita: quería el amor de una mujer europea, estando en América, y termina consumando su amor son una mulata; deseaba recuperar su hijo y su esposa, también ausentes de Asunción, y culmina su experiencia amorosa teniendo un hijo con una española residente en América; luego, Zama queda sin ese hijo, tan americano como él. Zama no tiene, ni desea nada, que esté a su alcance, por eso no se apropia de su lugar y de su identidad; por eso le resulta imposible ser americano.

 

En la región del sueño es en donde se afirma la búsqueda imposible. La marca innegable de este espacio se hace sentir en la imposibilidad que adopta Zama al no saber qué busca, seguro de que su búsqueda se basa en algún contacto con el afuera, con ese territorio extraño y fuera de su alcance. Pero Zama ya no puede discernir entre realidad y fantasía: "Por un instante recordé que aguardaba a una joven en travesía desde el plata a mi encuentro ¿Marta?… no; no. Otra era, otra tenía que ser; pero tampoco aquella…integrada a la región de los sueños" (59). Zama sólo puede referir dos regiones, cada vez más inasibles ambas: la región del sueño, y la real, de la que ya pudimos ver su carácter inasible.

 

Al final de su travesía detrás de la figura, también inasible de Vicuña Porto, Zama puede observar que quizá toda su vida fue una eterna huida. Huida y espera se retroalimentan y generan la continua fuga de Zama. Su escape de los mitayos representa su incertidumbre: "Para mi representaba una fuga, una fuga incierta (…) Creo que entonces junto con esa incertidumbre del objetivo comenzó a poseerme la certeza de que en cualquier lugar mis probabilidades serían las mismas" (175). Diego de Zama descubre al final de su camino que no tiene sentido buscar otro lugar ya que su vida toma valor sólo en la espera; espera ésta que no se basa en la falta de movimiento del protagonista sino, por el contrario, en una deriva constante, la búsqueda de un objetivo incierto: la pura materia en movimiento. Aquí o allí, podrá reflexionar Zama, da lo mismo, sólo importa correr el objetivo y avanzar sin saber a dónde: "Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí" (175). En Zama el eterno peregrinar se ajusta a esa imagen que nos llega de los viajeros pre-modernos, hombres detrás de la aventura y sumidos en un múltiple lugar (multiplicación de identidades), que los definían en su continúo divagar y  derivar: "Continuar era ser uno de los hombres de la aventura y el crimen. Continuar era, también, vivir" (177). El viaje y la aventura parecen llenar el vacío de una búsqueda continua que guía el vivir de Zama.

 

Zama recoge para su argumento esta búsqueda del protagonista en diversos lugares. Los mitayos, que fueron ciegos antes de ser mitayos (172) son fieles continuadores de la idea de divague y no lugar. En una búsqueda de sí mismos, éstos aprovechan la ceguera que les produjo otra tribu para encontrar la felicidad: "Cuando la tribu se acostumbró a servirse con prescindencia de los ojos, fue más feliz. Cada cual podía estar consigo mismo" (172). Pero al nacer sus hijos, sin la dificultad de la ceguera, la generación cegada sintió la angustia de la mirada sobre sí, mirada que permitió que la vida de los mitayos fuera un trajinar de aquí hacia allá, buscándose a sí mismos, alejándose de las miradas: "Algo los perseguía o los empujaba. Era la mirada de los niños que iba con ellos, y por eso no conseguían detenerse en ningún sitio. Apenas unos pocos plegados a la vida nómade, no se sentían alcanzados todavía" (173) (parecería que la mirada del Otro es la que configuraría la tradición del que es mirado, y que esta configuración externa es la que generaría en los Mitayos la necesidad de divague continuo).

 

Mitayos y Zama comparten con la novela esa sensación de no lugar, de imposibilidad de región y de tradición alguna que preceda a la acción misma, creadora, imaginativa, de la literatura.

 

Escritura y apropiación

 

La escritura es una forma de apropiación de la identidad del otro: aquella lengua que puedo hablar,  que me precede, no es mía. Se manifiesta de esta forma el sentido de no propiedad, o por lo menos, de falsa propiedad, en la que entramos al mundo; recuperamos y reinventamos una lengua que no nos es propia, y celosamente la hacemos nuestra.

 

En Zama la escritura ocupa este espacio de apropiación y de búsqueda de lugar que es lo mismo que decir, búsqueda de identidad. Si la escritura busca un lugar, una meta, que la vida no le da a Zama, se convierte en fiel residuo de lo concreto, del único lugar factible de encontrar. La escritura sería ese resquicio de propiedad, de límite, que impone toda política. La escritura que se apropia del lenguaje del otro, es la dadora de identidad.

 

Para el escribiente Manuel Fernández la escritura significa ese lugar tan ansiado que es la felicidad, único lugar al que parecería conducir: "Los libros sólo se hacen para la verdad y la belleza" (97). Fernández busca la realización, la meta. Y si ésta significa límite, acaso lugar, el libro que escribe le da a aquél lo que no le puede dar lo incierto: "Yo quiero realizarme en mí mismo. Y no sé cómo serán mis hijos" (97). Tierra de la imprecisión, los hijos, como todo ser humano, trajinan en un mar de desaciertos y desconfianzas: divagan y fluctúan en una eterna búsqueda, mientras que la escritura sería para Fernández navegar en la siniestra ingenuidad de la precisión.

 

Siempre la escritura es un desprendimiento, un reconocimiento de algo que está allí afuera y que ya no me pertenece. Pero Fernández no se permite la realización como hombre al negarse la posibilidad de tener hijos; posibilidad que deja de lado al adoptar al vástago de Zama. Al hacerse cargo del hijo de éste debe desprenderse de la escritura. Manuel Fernández se deshace de su libro y lo deja en manos de un marinero (132): libro-deriva que viaja a encontrar su lugar; metáfora de la escritura y de la deriva de ésta; escritura que se encuentra en viaje perpetuo de interpretaciones y metas, al igual que Zama. Abandona de esta manera esa creencia en la precisión de la escritura.

 

 Es en esa búsqueda que la escritura encuentra su función: se rompe con lo que se es, eso que no es propio, la lengua del otro, la tradición, para buscar por fin una identidad que propicie al yo: "La ruptura con la tradición, el desarraigo, la inaccesibilidad, etcétera, todo eso desencadena la pulsión genealógica, el deseo del idioma, el movimiento compulsivo hacia la anamnesis" (Derridá 1997:100). El divagar que refiere Zama se encuentra instalado en ese impropio existir de la escritura. Su existir y sentido se basan en el lugar en donde se recupera el enunciado. Como Pierre Menard que escribe el Quijote, la escritura descubre su función y su belleza vital en el pleno divagar, y descubre su sentido no en el enunciado, sino en el momento en que se lo lee, que es el momento de apropiación del texto. De esta misma manera encuentra el Zama aventurero el sentido de su propia vida, y de la vida textual: "Continuar era, también, vivir" (177).

 

La adopción de una identidad nos lleva sin duda al papel que le concierne a la escritura. La escritura adopta el sentido de recuperación e invención: "El pasado era un cuadernillo de notas que se me extravió" (112), lo cual implica que la escritura recupera, o más bien inventa una identidad, un pasado y una verdad (5); no la verdad objetiva, sino una determinada forma de acercarse a ella, como bien lo decía Saer con relación a lo histórico en Zama. Ese pasado que se recupera, la apropiación de una determinada visión sobre los hechos, cumple la función de una obra acabada (Ulla 1972: 264).

 

Zama recorre la imposibilidad de una lengua única, y, por lo tanto, de unificar el espacio (no nos olvidemos de la esclava que mezcla vocablos; de la contaminación con el guaraní; etc.). Pero Zama culmina con la imposibilidad tácita de la apropiación, de definir una lengua, una tradición, una identidad. Así como la misma espera y el espacio que parecería correrse siempre un paso más es la señal que acompaña a la idea de que no puede haber región, la amputación de las manos de Zama configura la ruptura con cualquier noción de identidad escrituraria, de escritura regional. Zama queda vedado de cualquier posibilidad de escritura, al mismo tiempo que Zama estaría discutiendo la noción de literatura nacional: un texto en el que el color local es sólo anécdota, corteza que recubre el problema de la espera y de la búsqueda de identidad, una identidad no acabada, siempre en movimiento, como la materia, la lengua, la cultura.

 

 

Final

 

En una clara metáfora que nos lleva a donde queremos llegar (deriva de olas y sentidos que fluctúan sin detenerse, salvo, en el momento en que uno recupera lo enunciado), Zama, al encontrarse preso de los Mitayos ensaya estas palabras: "con libertad de caminar permanecía maniatado" (174). Zama se encuentra en la posibilidad manifiesta de seguir caminando, de no detenerse en un lugar en particular, pero imposibilitado de apropiarse de escritura alguna, de identidad cultural. Zama sólo cuenta, al final de su travesía literaria, con su propia voz, único recurso que tal vez, y contrapuesto al Castelli de Rivera, le sirve como identificación, apropiación de aquello que alguna vez supo ser parte de él: su enunciación.

 

Notas

(1) Los números de páginas, corresponden a Antonio Di Benedetto, Zama, Barcelona, Agea, 2000. Todas las citas corresponden a esa edición.

 

(2) "No existe el Vicuña Porto que dicen. Ni lo soy yo ni lo es nadie. es un nombre. Y el mío es Gaspar Toledo. Soy Gaspar Toledo, un año largo llevo siéndolo, y no quiero ser otra cosa" (165).

 

(3) "Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con el extrañamiento de aquello sobre lo cual lo ejercitan" (Adorno/Horkheimer 1969: 22).

 

(4) Con "política" me refiero a toda acción consciente por crear consenso cultural, ya que la política sería el medio indicado para tal accionar.

 

(5) "(La traducción) Surge se erige incluso como deseo de reconstruir, de restaurar, pero en realidad de inventar una primera lengua que sería más bien una pre primera lengua destinada a traducir esta memoria. Pero a traducir la memoria de lo que precisamente no tuvo lugar" (Derrida 1997: 102).

 

Bibliografía

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ADORNO, Th. / HORKHEIMER, M (1969), Dialéctica del Iluminismo, Buenos Aires, Sudamericana.

 

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DERRIDA, Jacques (1997), El monolingüismo del otro, Buenos Aires, Manantial.

 

DI BENEDETTO, Antonio (2000), Zama, Barcelona, Agea S. A.

 

JITRIK, Noe (1959), "Antonio Di Benedetto", en Seis novelistas argentinos de la nueva promoción. San Martín, cuadernos de Versión.

 

LANGER, E. (1997), "Períodos y regiones: una perspectiva histórica", en Memorias de Jalla Tucuman 1995, Tucuman, UNT, compilación de Ricardo Kaliman.

 

LEGAZ, María Elena, "Tres metáforas de lo heroico", en Actas del congreso nacional de literatura argentina, UNC, 2 al 5 de Octubre de 1991.

 

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SARLO, Beatriz (1995), Borges, un escritor en las orillas, Buenos Aires, Ariel.

 

ULLA, Noemí (1972), "Zama la poética de la destrucción", en Nueva novela latinoamericana II, Buenos Aires, Paidós, compilación de Jorge Lafforgue.

 

VITTORI, José Luis (1986), Literatura y región, Santa Fe, Colmegna.

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